El gran Mandruke


El gran Mandruke

 

«Lantano, cerio, preseodimio, neomidio. ¡Lantaceripreseneo!
Prometio, samario, europio, gadolinio, ¡Promesamaeurogado!
Terbio, disprosio, holmio, erbio, ¡Terbidisproholmioerbio!»

Jacinto Lamprea, de nombre artístico «El gran Mandruke», no era muy dado a memorizar cosas, y menos a su edad tardía; ya hacía tiempo que la zona sombría de su entendimiento cobraba terreno sobre la lúcida. Había oído vaguedades sobre la relación entre la magia y la alquimia, «antecesora de la química moderna». Ello le había abocado a adquirir, en una papelería escolar, una lámina plastificada con la tabla periódica de los elementos, y a memorizar, no sin gran esfuerzo, la lista de lantánidos. De esa forma buscaba personalizar los conjuros mágicos que formulaba en sus trucos de ilusionista. Tenía el convencimiento de que si los sortilegios que declamaba tenían una base científica, no solo impondrían respeto entre el público sino que conferirían mayor credibilidad a su espectáculo.

De vez en cuando giraba la casete «Bachata-Mix» que compró para ella en una gasolinera arcaica. Jacinto Lamprea conducía en mitad de la noche, por carreteras comarcales, un Seat 124 cinco puertas de 1976, de color verde manzana. El vehículo estaba decorado con algunos naipes pintados sobre la carrocería y con el rótulo «Mago Gran Mandruke» bajo dos estrellas de cinco puntas pintadas en sendos flancos. Sobre el capó, el fantasma de un conejo descolorido y trasojado, parecía pugnar con sus últimas fuerzas por asomar del interior de una chistera. La parte trasera del primitivo automóvil, despojada de su asiento, ocultaba, tras cortinillas de terciopelo, algunos fracs de lamé con algo de hilo de oro y plata deshilachado; cajas de madera pintadas de colores con bisagras ocultas y falso fondo; bolsas de tela trucadas con bolsillos secretos; un saco de sables de hoja plegable; una jaula con conejos flacos y otra con palomas asmáticas; y un gran bigote postizo. El Gran Mandruke no conservaba los dientes anterosuperiores y, con el amparo del bigote falso sujeto por una goma elástica, ocultaba su carencia ante un público rústico, a la espera ―ya de sobra prolongada― de poder ahorrar para la prótesis.

Sobre sus rodillas, una pequeña manta de viaje hacía más llevadero el intenso frío de la meseta que la calefacción del vehículo, desde siempre defectuosa, no alcanzaba a mitigar. Olía a guano. Los conejos de los magos también cagan y Lamprea había vuelto a olvidar limpiar las jaulas antes de tomar la carretera; hacía demasiado frío para abrir la ventanilla. Su pensamiento convergía, como un flujo de ondas hertzianas, en el pequeño termo de café que viajaba en la guantera. Si conseguía conducir toda la noche, se ahorraría el dispendio de la dormida.

Jacinto Lamprea presagiaba que aquel desenlace habría de sobrevenir más pronto que tarde, aunque había albergado la esperanza de que hubiese tenido un viso más decoroso, y lamentaba no haber dispuesto de algo más de tiempo para acomodarse al escenario de la soledad. Tenía que pensar; todo lo que poseía estaba en el automóvil ―aquel naufragio sin amortiguadores y cuyos neumáticos estaban lisos como piel de salamandra―. El dinero que conseguía cada noche en sus espectáculos de pueblo se lo gastaba el día siguiente en gasolina, en pensiones de mala muerte, y en tabaco negro.

No le hizo preguntas la noche en que la recogió en la carretera con el rostro lleno de mataduras y con lo puesto; ni cuando durante los primeros cincuenta kilómetros miraba hacia atrás, con el terror en los ojos, hacia la negrura en la que se perdía aquel bar de neones de colores en forma de corazón. Le compró ropa en el primer mercadillo, le dio de comer cuanto quiso, y dejó que con el tiempo se le acercase de forma paulatina, como un perro apaleado. Pasados unos días, cuando se le disipó la nube de miedo que la envolvía, parecía ser dichosa aprendiendo los trucos o cuando subía al escenario, pero él sabía que era una hembra caliente y montuna de los trópicos, y que lo que ostentaba de animal salvaje no le permitiría conformarse por mucho tiempo con un viejo y empobrecido prestidigitador desdentado. Durante las representaciones, calibraba de reojo cómo ella se alimentaba de las miradas lascivas que aquellos catetos clavaban sobre sus caderas de potranca, sobre sus pechos color del ron que explotaban bajo la lencería de plumas y lentejuelas, y sobre sus labios de súcubo, mientras se deslizaba sobre el escenario como una boa impregnada en unturas balsámicas.

Cuando el Gran Mandruke enviudó unos años antes, regaló todas sus plantas a las vecinas, las sustituyó por otras de plástico, se compró una botella, y se instaló frente el televisor a morir poco a poco. Le había sonado bien aquello de «Participaciones Preferentes»; le hacía sentirse seguro e importante. Su caja de ahorros de confianza se las vendió como la inversión que haría cómodo su retiro. No podía imaginar que los ahorros de toda su vida se evaporarían sin más, de la noche a la mañana. Cuando no pudo pagar el alquiler, le dieron quince días para vaciar el piso, pero Jacinto Lamprea no se vino abajo. Los dedicó con diligencia a reparar el viejo Seat ―dormido bajo una lona desde hacía décadas―, a repintar sus cajas de mago y a ensayar sus juegos de manos semiolvidados ante la chiquillería del barrio. Cuando hubo terminado compró el bigote de pega, limpió el piso y lo cerró; dejó la llave en la portería ―tal vez con una mansedumbre excesiva― y se echó a la carretera.

«¡Lantaceripreseneo!», había gritado aquella tarde con gesto teatral ante el público. Cuando descorría la cortina y abría la caja, ella desaparecía. Todo salía como estaba previsto. Plegada en la parte inferior del cajón trucado, con sus medias de rejilla, sus tacones de doble altura y sus esposas ficticias, se ocultaba en un doble fondo y, aovillada en lo oscuro, se bañaba en el murmullo de admiración de los parroquianos subyugados por la ilusión. Con la escasa iluminación, el efecto era impecable. Solo tenía que arrastrarse bajo la tela negra del escenario y aparecer en la otra caja. Lo habían ensayado cien veces.

Una tarde de vino y risas, los casó de broma el alcalde de una pequeña pedanía en la que habían repetido actuación. Aunque fue una pantomima ante borrachos, para Lamprea se convirtió en su mujer. Su segunda mujer, con certeza la última. Al fin y al cabo el alcalde era real y ella parecía seguir el juego. Cuando salieron del bar-casino con un libro de familia de mentira hecho de servilletas de papel y una Polaroid de verdad hecha por el camarero, fueron a un mesón donde comandaron medio lechón y una botella de tinto de Jumilla y aquella noche cancelaron el espectáculo y se fueron a una pensión con baño propio. El Gran Mandruke se encerró en él durante quince minutos y, después de cepillarse los dientes que le quedaban, llenó medio vaso con Licor del Polo e introdujo su triste polla con la intención de dotarla de un poco del apresto de otrora y de un aliento fresco y juvenil ―Como profesional del ilusionismo, Mandruke era un precavido―. Mientras duraba la inmersión en enjuague bucal, enderezaba sus hombros vencidos y buscaba en las profundidades del espejo al hombre que fue la última vez que visitó el interior de una mujer.

Ella, con la atención disminuida por el alcohol, no advirtió las prácticas de higiene creativa de su mentor; se limitó a cabalgarlo con la seguridad de una amazona y con la distancia medida de una profesional. Mientras, los conejos, aliviados por la tarde sin función, espiaban desde la jaula. El Gran Mandruke pasó el resto de la noche admirando su cuerpo desnudo y sudoroso mientras que ella roncaba. Encendía un cigarrillo con las brasas del anterior y sopesaba si debía sentirse feliz o desgraciado, o en qué instante un sentimiento debería dejar espacio al siguiente, y si estaría preparado cuando, como la marea, llegase el dolor.

El verano dejó paso al otoño y este al invierno. La sospecha cogió cuerpo durante la función, cuando giró la caja sobre sus ruedas y le pareció más liviana de lo habitual. Más tarde, cuando el salón se vació y quedó solo recogiendo sus ingenios y aparejos, la buscó entre las cortinas, tras las butacas, en el camerino (no había camerino), miró en la chistera sin fondo… pero ya sabía que no la volvería a ver.

«¡Promesamaeurogado!». Como un gilipollas se sintió cuando gritó por tercera vez la señal convenida para que apareciese. Cada vez más alto, con la esperanza de que no la hubiese oído a la primera. Con la frente perlada de un sudor frio ya sabía entonces, varita en alto y cuarenta ojos sobre sí, que no la encontraría en la maldita caja. Donde primero lo advirtió fue en las rodillas como un temblor, luego en el estómago como un pellizco. Entonces comprendió que la siguiente media hora sería la de la vergüenza; que para el resto de la función y de su vida ―del último tramo de su vida―, tendría que adaptar su repertorio de trucos por haberse quedado sin ayudante; y que tal vez esa noche se acostaría sin cenar por tener que devolver la recaudación.

El Gran Mandruke echó de menos un discreto telón tras el cual asumir su derrota.

 

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12 comentarios sobre “El gran Mandruke

  1. Enhorabuena por haberlo escrito. Es una historia muy triste pero real como la vida misma. Y está muy bien escrito. Enhorabuena.

  2. Un gran relato, que deja un sabor amargo de aquello que podría sucedernos, el día que la voluntad nos deje.
    Incluso, haces referente a aquellos que en su momento confiaron sus ahorros al banco y se vieron en la calle, agudizando el ingenio ya con cierta edad, para seguir adelante hasta que la muerte los encuentre.
    El sexo en edad avanzada, el “engaño” del trópico, la soledad llevada a cuestas….muy bueno. Mis felicitaciones.

  3. La narración es buena. Si bien está mal empleado el primer inciso de comas, es lo de menos. En relación a la historia, la siento muy superficial, muy desde fuera, si bien esta escrito en tercera persona y en virtud de relato no pude detectar la psicología de los personajes. La asistente apareció de la nada y se fue sin decir palabra alguna tras follar. El mago tiene fuerza en la historia, porque es el protagonista, pero la asistente la sentí llegar como un acontecimiento del relato no como personaje en él.

  4. Hermoso cuento, lleno de magia, de tristeza, de la tristeza que deja el mago cuando el truco falla. Como nos falla la magia de la vida, llena de ilusiones que uno quiere recrear. Mandruke, me despertó una gran emoción, un cuento con un final que era esperado hasta por el propio mago, pero no por eso pierde el encanto. Te deseo mucha suerte.

  5. Una historia contada con maestría; la de un perdedor al final de su vida, en la que aparecen temas tan candentes y actuales como el del timo, por parte de la banca, de las acciones preferentes y el desahucio. Nos muestra una dramática realidad de cómo después de toda una vida trabajando y ahorrando, se puede perder todo de la noche a la mañana; y cómo después de malvivir volviendo a trabajar, la mala suerte te persigue. El final es perfecto. Resume la derrota que siente el protagonista, incapaz ya de levantar cabeza: «El Gran Mandruke echó de menos un discreto telón tras el cual asumir su derrota». Un relato magnífico, fácil de leer, con detalladas descripciones, buena caracterización de los personajes y con un vocabulario muy rico. A este relato le daría un premio a la narración. Felicidades.

  6. Me fascina la habilidad del narrador para dar vida a sus personajes. Es conmovedora la dignidad del gran Mandruke, en medio de la miseria y el descalabro económico, reducido a sobrevivir en un auto achacoso, con sus conejos, su mala dentadura y sus trucos, viajando de pensión en pensión por culpa de una estafa que se llevó sus esperanzas y volviendo otra vez a ser estafado por una mujer que sacó del arroyo. Brillante, una vez más.

  7. Un cuento nostálgico pero realista, de esos que te ponen a pensar en cómo cuestiones tan trágicas como la muerte de alguien, un desalojo y la soledad pueden ser tomadas como “cuestiones” que se dan en la vida mientras hay que seguir avanzando.
    Las descripciones del texto resultan muy vívidas, tanto como las propias emociones de Jacinto, y el final a pesar de la tragedia sigue resultando esperanzador de alguna manera, me deja esa sensación de “campeemos el temporal y sigamos…”

  8. Una triste vida llena de fracasos y soledades, la que aquí presentas de “El Gran Mandruke”. Tanto en el fondo como en la forma, es un buen relato, que se lee fácilmente de principio fin. No he encontrado ningún fallo gramatical, por lo que no puedo aportar observación alguna que pueda mejorarlo; la verdad es que me he esforzado en comentarlo, según las reglas, pues sólo se me ocurre decir que me ha gustado mucho.

  9. Siempre trato de leer los relatos dejando a un lado el autor, y si es posible, sin conocerlo. Pero éste relato sé de quien es, aunque me cuesta descubrir a Antonio detrás de tal densidad de palabras. Por supuesto, no he leído tantos textos suyos como para formarme una imagen contundente, pero sí los que han resultado ganadores anteriormente, y han sido textos claros, nítidos, no como éste. La ortografía es perfecta, como siempre, también la búsqueda de información para dotar a los personajes de credibilidad, en los detalles de vestimenta y artilugios que utilizan. Pero encuentro las frases demasiado largas, recargadas, y la trama un poco enredada, que me obligó a leer dos veces el cuento. El final es suave, no tiene un golpe de efecto que nos remueva en la silla (aunque no todos los relatos deban tenerlo).

  10. ¡Qué buen cuento! Contigo me ocurre que sé que no me vas a defraudar, y es que además de que el contenido es bueno, la forma es impoluta, lo que me produce una cochina envidia. ¿Este Mandruke tuyo es una especie de homenaje al de Lee Falk y su comic de los años 30? Ya nos contarás en qué te has inspirado. Pues como de errores no voy a hablarte porque no he encontrado ninguno, te diré que me encantan tanto la historia como las descripciones (muy tuyas esa hembra montaraz y esos pechos de ron), que sacias mi curiosidad en cuanto a saber que llevó a ese personaje peculiar a echarse a la carretera (esas preferentes que han jodido los ahorros de tanta gente) y que las escenas “calientes” son muy de mi gusto, sensuales sin rozar lo zafio. ¡Ay! Esa polla sumergida en licor del polo la llevaré siempre en mi corazón… ¡y no voy a elogiarte más, porque al final te volverás un pavo ufano de esos que se suben los pantalones hasta el sobaco y yerguen la postura!
    Felicidades, y aprovecho para decirte que te admiro muchísimo.

  11. Una historia bien narrada, con elegante fluidez y detallada riqueza estética en las imágenes. Una temática poco alentadora sobre la patética combinación de la precariedad y la vejez, el caldo de cultivo de la desesperanza donde los seres humanos tienden aferrarse a cualquier cosa que pudiesen darle un hálito de felicidad, aún a conciencia de su condición efímera. Algo bien contado que nos deja una mala sensación de ánimo, y no mucho más.

  12. Jajaja, gran narración, bien llevada, limpia, amena. Y lo mismo la historia que me parece muy original y agridulce. Pues no hay mucho qué decirte, me encanta cómo enlazas la vida real con los trucos de magia haciendo metáforas super monas. Eres muy hábil ambientando. Quizá no me gustó tanto el final por predecible, pero no es muy grave

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