Setecientos cortes de pelo


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Nunca imaginó Benigno, el día en que entró de aprendiz en la barbería de Benigno padre, que su destino estaría ligado al de Crespo, su primer cliente.

Benigno quería estudiar para farmacéutico. Su sueño duró hasta la mañana de su decimocuarto cumpleaños. Benigno padre lo levantó de la cama antes de las siete. Nunca, hasta aquel día, había sido despertado por algo diferente que los susurros cariñosos de su madre.

En la mesa de la cocina, durante el desayuno, recibió como regalo unas tijeras, una navaja barbera con cachas de asta de corzo, una brocha a juego, un asentador de cuero para el afilado, un peine, y el anuncio de que a partir de aquel día ya no tendría que volver más a la escuela. Mientras, su madre miraba hacia el suelo; un suelo de baldosas agotadas y deslucidas, y no decía nada. Su café con leche se enfriaba y dejaba cuajar en su superficie una delgadísima piel de nata arrugada. Su madre nunca decía nada y su piel también se enfriaba y se arrugaba.

Benigno pasó una semana de instrucción dentro de una bata demasiado grande. Durante ese tiempo barría, cambiaba las toallas, afilaba las navajas, rellenaba los frascos de colonia y observaba trabajar a su padre y maestro mientras dejaba macerar en su alma un odio tenue pero constante hacía su persona.

Llegó el momento de estrenar sus tijeras. Benigno replegó las mangas de su bata varias vueltas, hasta que sus manos se vieron libres para obrar. Su primer cliente resultó ser un niño de su edad, de nombre Crespo, que entró a por un corte de pelo. Le fue asignado por su padre porque, como conejillo de indias, le pareció dócil. Benigno, en un gesto de venganza que solo él percibió, decidió no dirigir la palabra a su cliente mientras le cortaba el pelo. Durante todo el proceso, Crespo miraba, a través del espejo, el reflejo de los carteles de corridas de toros y las fotos de los toreros a hombros de otros toreros y con orejas de toros ensangrentadas en sus manos alzadas.

Los mechones de pelo caían al suelo sin hacer ruido, como nieve negra. Con cada tijeretazo, Benigno recobraba algo de sosiego; como si cada tajo fuese una revancha, un pequeño resarcimiento. El corte no estuvo mal. Benigno padre solo tuvo que disimular un par de trasquilones y enderezar la línea del flequillo, algo quebrada. Solo tras sacudir el mandil con un gesto ejecutado sin titubeo ―tal vez su primer gesto profesional―, Benigno soltó un escueto «Se acabó». Crespo, palpándose el pequeño cepillo de la nuca como sustituto a una mirada en el espejo, contestó: «Aquí nos vemos en un mes».

Durante cincuenta y nueve años continuó Crespo acudiendo a la barbería de Benigno, los primeros viernes de cada mes, a las cinco de la tarde, para su corte de pelo. La única interrupción fue durante el servicio militar, periodo en el cual Benigno se ocupaba del pelo de Crespo en el cuartel. Ambos sirvieron en Tánger. La barbería estaba instalada bajo el sombrajo de un patio, entre bidones de gasoil, tinajas de cal, y vigas de madera tras las que dormitaba algún perro flaco.

Cada vez que Crespo se sentaba frente al espejo, descubría que se había instalado una arruga nueva sobre la piel de su cara o que una zona de su cabeza que siempre fue negra comenzaba a tornarse gris. No obstante, al acabar el corte de pelo, siempre se veía rejuvenecido. Al salir de la peluquería sabía que esa sensación era provisional y que ya había emprendido el camino sin retorno hacia la vejez.

En casi sesenta años, su pelo había cambiado dos veces de color: del negro al gris primero y luego al blanco; su densidad había menguado bastante, pero su corte nunca varió, sobreviviendo varias modas. Por su parte, hacía ya décadas que el pelo de Benigno se limitaba a una presencia testimonial, sin un color definido, que unía sus orejas rodeando la nuca en la zona en la que Benigno padre, en los años de instrucción, le atizaba collejas casi a diario, delante de los clientes; un sonoro y humillante golpe seco que le propinaba «para que aprendiese». Aquello duró hasta que volvió del servicio militar y empezó a considerarlo medio hombre y a pagarle medio salario.

Durante toda la vida, nunca cruzaron palabras distintas del «Se acabó» del barbero al concluir su faena y del «Aquí nos vemos en un mes» de Crespo al tocarse la nuca y despedirse. Ni siquiera comentaron nada el día en que Massiel ganó el Festival de Eurovisión, ni el día de la muerte de Franco, ni el día del intento de golpe de estado de Tejero, ni el once de septiembre del dos mil uno, ya muchos años tras la muerte de Benigno padre, cuando la barbería pasó a ser de Benigno por derecho propio y pudo retirar toda la cartelería taurina; ni el día en que España ganó un mundial de fútbol en África. Si el tiempo que sirvieron juntos en Tánger no les hizo intimar, no habría de hacerlo la media hora mensual que pasaron juntos durante seis décadas.

Un primer viernes de un mes de enero, a las cinco y diez de la tarde, Benigno esperaba a Crespo para su corte de pelo y, escoba en mano, miraba su reloj extrañado por la tardanza. Su cliente más antiguo nunca se había retrasado. No solo fue el día y la hora lo que le hizo asomarse a la calle alarmado. Había algo más: la presencia de una certeza intangible suspendida fuera del tiempo y de la lógica. No tuvo que esperar mucho: a las cinco y cuarto lo vio pasar muy despacio por delante de su puerta, muerto, en un coche negro camino del cementerio. Se lo confirmó uno de los que seguían al coche fúnebre:

―¿Es don Crespo, verdad? ―preguntó.

―Don Crespo es de cuerpo presente, sí señor, Que Dios lo tenga en su gloria.

Benigno colgó su bata y se puso el abrigo y el sombrero; apagó las luces, echó el cierre en la persiana metálica de la barbería, y caminó hasta el entierro junto a los convidados del cortejo fúnebre.

Era un grupo pequeño y discreto de gente que no había visto nunca. No había clientes entre ellos. Enterraron a Crespo sin demasiado llanto, ni pompa, ni ostentosas coronas, y nadie pareció darse cuenta de la presencia de Benigno. Ninguno de ellos mostró interés en demorarse más de lo correcto, sobre todo el cura: el cielo amenazaba lluvia. El viejo barbero, con el sombrero en la mano, esperó hasta que todos se hubiesen marchado.

―Se acabó —dijo Benigno a su cliente, cuando los operarios acabaron de fijar con argamasa la losa de cemento que tapaba su nicho.

Un escalofrío recorrió las corvas del anciano barbero. Sabía lo que seguía y, al recordarlo más tarde en su casa, habría de mediar una botella de aguardiente intentando calmar el temblor en sus rodillas.

―Aquí nos vemos en un mes —contestó, como siempre, Crespo.

 

 

El cuento “Setecientos cortes de pelo” obtuvo el primer premio en el XXXVIII CERTAMEN DE RELATO CORTO LAGUNA DE DUERO.

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4 comentarios sobre “Setecientos cortes de pelo

  1. Jo, qué bueno. Me ha encantado. Además de estar bien narrado y de mantener el ritmo, no me esperaba el golpe final, ni tan siquiera cuando Benigno dice las últimas palabras a su mejor cliente. ¡Enhorabuena, Antonio!

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