Solo de trompeta


trompeta ilum

 

A la tierna edad de seis años, a Leo le fascinaba el brillo de los metales amarillos: el latón, el cobre, el oro.

A los doce, Leo soñaba con convertirse en el trompetista negro más disputado por los clubes de jazz del Nueva York de finales de los cincuenta. Gastaría zapatos bicolor, traje de raya diplomática, gruesos anillos de oro labrado y un sombrero claro de ala ancha. Tal vez firmaría su sonrisa con algún diente de oro. Cada noche, un automóvil ―un Buick Riviera burdeos, un Studebaker Golden Hawk color vainilla, un Cadillac Eldorado azabache― vendría a buscarlo al hotel para conducirlo hasta los garitos más selectos de la calle 52. Al acabar de tocar, le esperarían muchachas malas de piernas largas y labios de coral, con vestidos ceñidos como fundas y abiertos por un costado, hasta asomar el encaje de unas medias hipnóticas. Él las castigaría un poco haciéndose esperar: el reservado VIP, los viejos amigos, el humo, los dados, las risas…

Las madrugadas le sorprenderían con el eco de un solo de Charlie Parker en la resaca, con un maullido de mujer, con billetes de cien dólares por el suelo, con una botella de bourbon rota, con el reflejo de la luna sobre el acero de un cuchillo.

Pero.

Pronto, Leo aprendió que en la vida, no todos los sueños llegan a buen puerto. La genética, previsible, no jugó a su favor: los pulmones de Leo, como los de su madre, no eran de trompetista. Les faltaba fuelle y tendían a lo enfermizo. Como su padre, tenía el cabello calabaza y la piel muy blanca, tirando a cruda. Por otra parte, en los años cincuenta, aún faltaban veinte para que sus padres se conociesen, y algunos más para que él fuese concebido. Para rematar su infortunio, Leo nació en Almendralejo, provincia de Badajoz, de donde nunca se alejó más de cien kilómetros.

Nueva York, las mujeres con ojos de pantera y las jam sessions solo existían en el cine.

No obstante, Leocadio consiguió que le llamasen Leo y se esmeraba en la asignatura de inglés. Como último recurso, cuando contaba quince años, pidió una trompeta dorada como regalo de Navidad. Los reyes magos le trajeron un juego de química y una flauta dulce.

Aquel tren de desventuras y desengaños minó su voluntad hasta el punto de que nunca tomaría una clase de música y, durante el resto de su vida, odiaría la química.

Hoy Leo es fontanero (le gusta trabajar el cobre). Tiene en su armario un sombrero de ala ancha que nunca se puso porque a su mujer le resulta ridículo sobre su pelo rojo, y conduce una furgoneta rotulada con dibujos de griferías y de sanitarios. Cuando sale del taller, siempre hace un pequeño desvío para pararse ante el escaparate de la tienda de instrumentos musicales.

Leo sonríe con tristeza frente al brillo de la trompeta color bourbon. En el reflejo del metal busca el destello, la visión fugaz. A veces, aún se puede entrever como el gran trompetista negro de las largas noches neoyorquinas de mujeres gatunas y de jazz caliente.

 

Este cuento obtuvo el segundo premio en el XVII Certamen de Relato Corto ‘Huetor Vega Gráfico’ 2018.

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One thought on “Solo de trompeta

  1. Me gusta, como todos tus relatos, porque siempre me aportan algo. En este caso me gusta mucho la rotura entre el sueño y la realidad, esa transición Nueva York – Almendralejo.

    Pero lo he visto menos preciso que en otras ocasiones. ¿Cómo? Me atrevo a sugerir que en algunos puntos puede haber un exceso de adjetivos o demasiadas enumeraciones. Se dice que el lector no es capaz de recordar más de tres (yo, que soy corto, a veces menos). Esta frase “Leo aprendió que en la vida” creo que quedaría mejor acotando entre comas “en la vida”. No soy fan de los paréntesis, y la jam session es con una sola eme…

    Te comento para lo bueno y lo malo, que lo sepas. Así cuando en otros relatos te diga que me quedo hechizado sabrás que lo digo completamente convencido..

    Un gran abrazo
    Isma

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