La adicción de Ripoll


 

 

Ripoll era un apocado, un manso, un conformista.

Era el tipo de hombre al que las mujeres buenas solo se acercan para venderles un boleto de una lotería parroquial y las malas para robarles la billetera. No bebía licores blancos; no fumaba; comía sin sal; se acostaba a las diez y media; en los últimos treinta años, nunca se aventuró a abandonar el mismo modelo de calzoncillos que tanta seguridad y confort le confería y, durante toda su vida, solo fornicó con la señora de Ripoll y en catalán.

Tenía una casa demasiado grande y silenciosa, una esposa demasiado grande y habladora, y algunos hijos de tamaño medio ―aunque más redondos que alargados― que empleaban su tiempo en jugar a videojuegos y que nunca mostraron por él ningún afecto que estuviese desvinculado del contenido de su cartera.

Entre las aficiones de la señora de Ripoll, destacaban el Vía Crucis de los viernes y la merienda con las amigas de los sábados, a la que también asistía Ripoll. En la primera de las actividades se ponía a bien con los poderes divinos y, en la segunda, reafirmaba semanalmente una suerte de ilusión, un espejismo de posición social, al demostrar su buen gusto recibiendo en su casa a damas distinguidas de su entorno. Un entorno, por otra parte, en el que la distinción no se heredaba, sino que se emulaba tras décadas seleccionando relaciones y documentándose en las hemerotecas de las peluquerías. La señora de Ripoll sacaba de la alhacena el mantel de hilo, la porcelana fina para el café, el azucarero con baño de plata, y escogía convenientemente los temas de conversación que solían juguetear con el equilibrio del buen nombre de las que se atrevían a ausentarse.

Entre las aficiones de Ripoll, destacaban la pasión desmedida por la repostería fina ―los tocinillos de cielo elevaron sus niveles de colesterol hasta límites de alto riesgo― y, por encima de todo, de forma obsesiva, el estudio y evaluación del tetamen de las amigas de la señora de Ripoll: dos inclinaciones en apariencia dispares, pero que guardaban un inquietante paralelismo apenas sospechado.

Las meriendas de los sábados permitían a Ripoll combinar sus dos pasiones. Confiadas en su carácter inofensivo, aquel ramillete de respetables señoras encontraba a menudo la ocasión de lucir, ante un Ripoll que callaba, canalillos, canaletas y escotaduras de diversa mena y diseño, bajo idénticos collares de perlas de imitación. Mientras que el tocinillo esperaba en el plato o se fundía ya en la boca, Ripoll ponderaba en silencio. El dulce era como una metáfora condensada del surtido de pecheras que se desplegaba ante sus ojos, como si se tratase de una muestra de colombofilia.

Con su pequeño pabellón a media asta ―apenas un esbozo de erección―, Ripoll mesuraba mentalmente; intentaba fijar en su memoria todos los parámetros y variables; calibraba las diversas parábolas, las densidades, las simetrías, los grados de blancura; probaba a imaginar la temperatura y la humedad que podrían alcanzar las diversas entretetas en función de la presión con la que se encontrasen; intentaba aprehender los efectos de la gravedad; se esforzaba por reconstruir las partes ocultas, los enveses, los remates. La sofisticación y el celo con que emprendía sus observaciones habían adquirido, tras años de desarrollo, un nivel de profesional; como un naturalista del siglo xix o un maestro campanero de cualquier siglo; o tal vez se asemejaba al afán de un escolástico que intentara conjugar fe y razón para comprender su sitio en el universo sin comprometer su salvación.

Las conclusiones a las que Ripoll llegaba eran variables, pero siempre abocaban a un homenaje íntimo que les acababa dispensando en el reducto privado de la ducha diaria. Era una suerte de ceremonia apócrifa, paralitúrgica. Aquella pequeña gratificación que se autoconcedía, si bien tenía algo conejil, no estaba exenta de un atisbo de culpabilidad dulce cuando se mezclaba con el regusto a sosiego que deja el deber cumplido. Como cuando acababa un tocinillo de cielo y lo sentía, como un hormigueo, instalarse en sus lorzas y barnizar las caras internas de sus arterias, con el paladar aún saturado de azúcar y huevo.

Los domingos, Ripoll ponía a cero su contador de pecados cuando, tras un breve trámite cien veces repetido, el confesor le daba la absolución entre bostezos, hastiado de escuchar pecadillos de niño goloso de la boca de un hombre maduro: «Ego te absolvo a peccatis tuis (bostezo). In nomine Patri, et Filii (bostezo) et Spiritu Sancti. Amen».

El sacerdote, un aventurero de la confesión, buscaba emociones fuertes, pecados bien mortales que le disparasen la adrenalina. Estaba dispuesto a ser magnánimo, a perdonar transgresiones de cualquier calibre con tal de que le sacasen de la rutina de pequeñas mezquindades de beatas y meapilas. Solo en esos casos se sentía imbuido de todo el poder que le era conferido directamente por la Santísima Trinidad. Con Ripoll al otro lado de la rejilla, sabía que no había lugar para la aventura; que su concierto profesional sería comparable al de un cirujano que fuese requerido para extirpar una verruga.

Un día, en plena eucaristía, un Ripoll recién absuelto, renovado y beato, introdujo una mano en el bolsillo de su abrigo y, lo que tocó, hizo que basculasen bajo sus botines recién lustrados los pilares de su repetitiva existencia.

Al principio fue una red, una mera trampa, un misterio. Solo percibió la advertencia de lo prohibido. Luego aplicó el método y fue palpando por etapas: enredó sus dedos en la mezcla de asperezas y suavidades de un tejido misterioso imbuido de culpas; con costuras, cintas y refuerzos curvos, con corchetes y lo que le pareció puntillas. Cuando dedujo lo que era, le resultó colosal. Para entonces, ya había perdido el habla y la reciente absolución le había caducado.

―¿Estás bobo o qué te pasa? ―Le dijo la señora de Ripoll cuando vio que no recitaba el Yo pecador. No hubo más respuesta que una breve mirada esquiva, como la de un perro que sabe que ha hecho algo prohibido. Tal vez una suerte de pitido salió de su garganta para disiparse a pocos centímetros de sus labios.

El camino hacia la casa fue largo. La mano era una garra en la profundidad del bolsillo. La fideuá fue silenciosa, el postre insípido. Aquel sostén no estaba allí el sábado por la mañana. Alguien debió de deslizarlo en su bolsillo durante la merienda de la víspera, cuando el abrigo estaba colgado en el perchero junto a la puerta de entrada. ¿Pero quién? ¿Y con qué intención? ¿Obedecía a una burla o era un mensaje libidinoso, la invitación a un juego que le llevaría de forma inexorable a la perdición? En cualquier caso, estaba claro que en su vida habría un antes y un después separados por el vértice de aquel nefando hallazgo. Sintió vértigo.

Tuvo que esperar hasta el viernes para estar solo; se encerró en el baño y lo extrajo del rincón en el que lo mantenía oculto. Era grande, magnético, de color carne; olía a mujer madura perfumada con un aroma añejo y demasiado dulzón, como de galletas rancias. Ripoll temblaba. Se quitó la ropa, titubeó un instante y, con manos torpes, acabó por ponérselo. Aquel gesto le resultó desconocido; añoró haber tenido costumbre. Nunca se había visto en el espejo con ropa interior de mujer. Aquellas bolsas tan grandes y tan vacías… Se supo grotesco y, aún así, obsequió una sonrisa cómplice a su imagen reflejada. «Ripoll el aventurero». No intentó evitar una respetable erección al verse travestido. Tampoco dudó en aprovecharla y, en minutos, la tuvo resuelta. Desorientado, sin saber cómo gestionar su nueva situación, se sentó en la taza del wáter con las copas del sostén vacías y la picha escondida como un caracol tímido tras su breve desafuero. El día siguiente era sábado y esperaba que durante la merienda se despejasen algunas dudas.

A las cinco de la tarde, como cada sábado, Ripoll subía las escaleras de su casa sujetando, por un cordel, un paquetito de cartón que contenía una docena de tocinillos de cielo. El confitero ya se lo tenía preparado para no hacerle esperar. Aquel sábado, su corazón iba más acelerado de lo habitual y, temiendo que sus rodillas le traicionasen, tuvo que parar un momento en el último descansillo.

La conversación fue parecida a la de todos los sábados pero Ripoll no escuchaba. Intentaba capturar la mirada que se cruzase rauda con la suya, el gesto de un abanico, el significado de media sonrisa, el peso lento de un párpado, una inclinación de cabeza, un batir de pestañas. A veces creyó saber quién era la dueña del sostén que lo invitaba o tal vez se burlaba, pero la deducción le parecía inverosímil y continuaba observando. Llegó a estar convencido al menos de cuatro candidatas diferentes. Las tallas coincidían y la perfidia en los gestos le pareció inequívoca pero, al terminar la merienda, su desazón era aún mayor. Estaba siendo usado y vapuleado. Llegó a pensar en una confabulación. Estaba perdido. Solo y desconcertado.

Pasaron semanas. Cada viernes, aprovechando la ausencia de la señora de Ripoll durante el Vía Crucis, se encerraba en el baño y repetía la ceremonia de transformismo hedonista entre placer y vergüenza. El olor de la prenda perduraba a duras penas; el magnetismo no menguaba. Cada sábado se repetía la tortuosa merienda en las que las insidiosas candidatas se sucedían como un carrusel burlón y, cada domingo, el confesor se regocijaba del cariz que estaba adquiriendo los hábitos del, hasta entonces, su cliente más cándido.

Cuando se apaga un incendio se acaba el peligro, pero también la fuente de la fascinación, la posibilidad de un cambio. La extinción, entonces, puede llegar a ser tan destructiva como las llamas. El desenlace de la situación fue un bálsamo corrosivo, una caída a los infiernos con una capa de alivio que ocultaba otra de decepción; supuso, como un golpe de maza, la consciencia de la propia futilidad. Ripoll se sintió estúpido, profundamente estúpido; traicionado y burlado por su propia estulticia.

Un viernes, un Ripoll impaciente, simulaba leer la prensa mientras la señora de Ripoll removía prendas en un cajón de la cómoda buscando ropa para el Vía Crucis. Fue entonces cuando escuchó las palabras que se deslizaron tras de sí como serpientes aéreas; sierpes que se burlaban con sus siseos y que mordieron profundo en sus carnes inyectando todo su veneno real: «¡Qué raro! ―dijo―. Tengo un sostén que no encuentro desde hace semanas. Lo último que recuerdo es que estaba plegando ropa y llamaron al timbre. Fui a abrir y, cuando me di cuenta de que lo llevaba en la mano, lo oculté en algún sitio, pero ahora no logro recordar dónde».

 

Este cuento fue el ganador del XVIII Concurso de Relato Corto “Leopoldo Alas Clarín 2018” convocado por la Asociación Cultural recreativa Clarín de Quintes (Asturias).

 

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One thought on “La adicción de Ripoll

  1. Me voy poniendo al día con tus relatos. Este Ripoll me ha recordado un poco a aquel Bernabé de tu Ley de los similares. Cuando afilas la pluma salen cuadros mordaces, incluso (aventuro) más de lo que anticipabas. Y por darte una de arena, a veces me desconciertan algunos puntos y coma que no van asociados a enumeraciones (discúlpame). Pero siempre es agradable leerte. Felicidades, Antonio.

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