La última palabra de Hippolyte le Bâtart


 

 

Tal como disponían las ordenanzas, el asiento quedó registrado en el memorándum del alcaide: como última voluntad ―que se satisfizo en la medida de lo posible―, el reo Hippolyte Le Bâtart pidió cenar ragoût de garbanzos con habichuelas, morcilla de sangre, tocino, panceta y lacón, una cebolla entera de buen tamaño, pan del horno de su pueblo, medio kilo de ciruelas pasas, y una jarra de un litro de clarete de Bonnieux.

Hippolyte Le Bâtart siempre fue de natural porfiador. En su entorno sabían de sobra que no era buen negocio llevarle la contraria o intentar que entrase en razones. Su carácter pendenciero y holgazán lo arrastró a la ruina y a la senda criminal. Empezó robando huevos y papas para comer, siguió con gallinas, y formó sociedad con otros rufianes como él con quienes siempre acababa en trifulca; por lo general, por desavenencias en la gestión de sus actividades o en el reparto de los dividendos.

Acabó de forma prematura su carrera delictiva tras hincar una cuarta de acero en el abdomen de un gendarme que tuvo la mala fortuna de darle el alto cuando huía con tres lechones ajenos en una saca propia, mientras las familias de ambos les esperaban para celebrar la Nochevieja. Cuando fue arrestado, su mujer no se atrevió a decirle: «Mil veces te dije yo que no sale gratis robar en estas fechas».

No le tembló el pulso al juez: tras un proceso escueto, en el que su crimen fue reprobado con gran dureza, fue condenarlo a morir por decapitación en la guillotina.

―O rapapolvos o muerte, Señoría ―dijo un Le Bâtart arrogante y no del todo errado―. Pero las dos cosas a un tiempo, no es de justicia.

Ante sus compañeros de calabozo, Le Bâtart sostenía que la cabeza de un decapitado, antes de morir, seguía viendo y oyendo durante unos pocos segundos, aún cercenada de su cuerpo. Argumentaba, no sin cierto rigor, que en tanto hubiese oxígeno en la sangre y suficiente presión irrigatoria, el cerebro y los sentidos seguirían funcionando. No sabía muy bien qué significaba todo aquello, pero recordaba al detalle una conversación que tuvo al respecto con el médico, en cierta ocasión en que fue requerido para ayudar a decapitar y descuartizar a un cerdo a cambio de dos libra de sebo.

Durante la noche de Reyes, Le Bâtart oyó, o creyó oír, cómo el verdugo lubricaba los resortes de su ingenio y afilaba la cuchilla con el esmeril. Hubieron de despertarlo al alba. Tras orinar largo, lo condujeron hasta el patíbulo aherrojado con grillos. Pidió que no le cubriesen la cabeza ni le vendasen los ojos y rechazó al cura, a quien dijo que los negocios del alma ya los tenía resueltos y atados. El sacerdote pensó que en ese caso bien hubiesen podido ahorrarle el madrugón y que, al tener la casulla de ejecuciones húmeda por el relente, se exponía a un severo catarro.

A pesar de lo temprano y del frescor de la mañana, el gentío abarrotaba la plaza y no faltaba quién aprovechara para ganar unos francos vendiendo chicharrones o torrijas. Había llovido toda la noche y el entarimado estaba húmedo. «Cuidado no se resbale, a ver si se me va a hacer daño ahora» ―Le advirtió con amabilidad el verdugo, como si un esguince o una torcedura de tobillo tuviesen importancia en aquellas coyunturas. Le Bâtart reconoció tras la capucha una voz familiar, si bien algo quebrada, pero no atinó a ponerle cara.

Tras leer los cargos y la sentencia de forma apresurada, el secretario judicial miró hacia el cielo, pensando que no tardaría en volver a llover y que tal vez le diese tiempo a llevar pan fresco a su casa o a lo sumo unas criadillas para la colación de su prole. Antes de que el verdugo accionase la palanqueta que libera el freno, Hippolyte Le Bâtart, ya con el pescuezo aprisionado en el yugo de vigas de algarrobo, expulsó de su cuerpo su alma condenada, en una prolongada serie de ruidosa flatulencia. Lo hizo a conciencia, con una rotundidad que no dejaba lugar a dudas: pensaba que si escapaba de su cuerpo antes de morir, si La Parca no la hallaba entre sus despojos, tal vez su alma consiguiese burlar la expiación perpetua que sabía se había labrado, aun a riesgo de vagar ad aeternum por los bosques de cedros del Lubéron o por las ciénagas de La Camarga.

Las autoridades congregadas en el balcón del Ayuntamiento se miraron entre sí, certificándose mutuamente que aquello estaba acaeciendo, y sin saber a ciencia cierta si interpretarlo como desacato o como muestra del abandono del reo, fruto del desasosiego.

Cuando comenzó a llover de nuevo, Le Bâtart notó las primeras gotas sobre su espalda desnuda. Disfrutó al sentir cómo su piel se erizaba en pequeños cráteres bajo los dardos de agua gélida. Respiró hondo y pensó en sus hijos y en que olvidó decir a su mujer dónde tenía escondidas algunas monedas que se reservaba para su uso y disfrute en la bodega. El mecanismo funcionó como los congregados esperaban. Después de que la hoja golpease el tocón, tras cortar el aire de la madrugada, La Bâtart pudo oír, desde la cesta de mimbre, el grito de espanto de la muchedumbre, y pudo ver cómo su sangre se encharcaba bajo el filo de acero y caía en pesadas y cálidas gotas sobre su mejilla, tan diferentes de las frías y livianas del agua de lluvia que aún le hicieran parpadear dos o tres veces.

Antes de expirar, cayó en la cuenta de que la voz del verdugo no era sino la de Bertrand Dupire, su exsocio de fechorías, vecino, deudor de varios francos desde la última partida de naipes, eventual amante de su mujer, y solo Dios sabe padre de cuántos de sus hijos. «¡Coño, Bertrand!» ―Quiso decir, pero sus pulmones estaban demasiado lejos y desvinculados como para que pudiesen impulsar sonido alguno.

Mientras su cabeza se fijaba en una sonrisa, oyó que su cuerpo sobre el entablado, tras un breve borborigmo, lanzó una postrera ventosidad, una última andanada que a modo de epitafio rubricó su perra vida.

Le Bâtart siempre quiso tener la última palabra.

 

 

 

 

Este relato  ganó en 2019 el segundo premio del XV Certamen de Relatos Cortos del Colegio de Médicos de Salamanca.

 

 

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