Ya no hay luciérnagas


 

 

Tengo quince años. Voy al instituto; me gusta salir con otros chicos de mi edad y escuchar música con ellos. Me considero una chica normal pero, cada vez que subo la escalera de mi casa, me convierto en mi madre.

Vivimos en un dúplex. Los espacios comunes: salón, comedor y cocina, están en la planta baja; pero los dormitorios, el baño, el estudio de mi padre y el cuarto de planchar están en el piso de arriba.

Cuando, por alguna razón, tengo que subir, comienzo a notar el cambio en el primer rellano de la escalera y en mis rodillas. Noto cómo mi cuerpo se hace más redondo y macizo, mi melena se acorta y se vuelve gris ―mi madre ya no se tiñe―, cómo me cuesta más trabajo subir los escalones y cómo me van invadiendo la tristeza y el desespero.

Cuando llego arriba, me miro en el espejo del distribuidor y entonces ya soy mi madre. No soy yo con la apariencia y con el cuerpo de mi madre: soy mi madre, con sus neuras y con sus depresiones y con todas sus paranoias y es como si un vértigo me invadiese, como si ya no hubiese suelo bajo mis pies. Cuando miro en lo hondo del espejo, al fondo de la máscara de arrugas y de tristeza que es la cara de mi madre, aún adivino un atisbo de lo que fueron mis ojos de adolescente.

Puedo tener la certeza de ser mi madre cuando estoy en el piso de arriba porque recuerdo luciérnagas aunque nunca las haya visto. Ya no hay luciérnagas, y menos en la ciudad. Mi madre me contaba que cuando era pequeña las había a centenares y que eran como pequeñas luces de Navidad que bailaban en silencio sobre el huerto, y me contaba cómo los niños corrían tras ellas en las noches de verano como si fuesen una lluvia de estrellitas verdes que intentaban atrapar. Yo jamás he visto luciérnagas, ya no hay, pero mi madre sí, y me hablaba de ellas mientras yo la escuchaba como si me estuviese contando cuentos de hadas. Cuando estoy en el piso alto, mirándome en el espejo del distribuidor, recuerdo con nitidez el huerto y mi niñez ―la niñez de mi madre― y haber sido testigo del baile de las luciérnagas, y por eso sé que no soy yo con su cara, sino que soy ella, porque revivo unos recuerdos que no pueden ser los míos.

Por las noches me acuesto junto a mi padre. Ya no hacemos el amor muy a menudo y, cuando lo hacemos, es muy suave conmigo. Él piensa que lo está haciendo con mi madre y tiene razón, porque la mujer que está acostada junto a él y que se deja hacer sin demasiado entusiasmo no soy yo: es mi madre. Además, cuando ella se acuesta, normalmente está atiborrada de pastillas y ni se entera de lo que le hacen.

Al día siguiente, cuando lo pienso, me da asco el cuerpo de mi padre; me pregunto cómo es posible que haya dejado que me toque, pero, cuando estoy arriba y me he convertido en mi madre, me da igual que lo haga. Recuerdo que comenzó a gustarme hace más de veinte años. Cuando empezamos a salir aún tenía un cuerpo atlético; con el tiempo me he ido acostumbrando a su sobrepeso, a su alopecia y a sus silencios, o lo he ido perdonando igual que él me ha perdonado a mí la celulitis, o que haya dejado de ir a la peluquería, o que se me hayan ido descolgado los pechos y el alma.

Es un buen hombre. Sé que se desvive por mí, que intenta que olvide y que pase página; por eso hace como si todo estuviese bien.

Paso casi todo el tiempo arriba, siendo mi madre. A veces ni siquiera salgo de la cama en todo el día y entonces es él quien se ocupa de mí. Por las mañanas, los días que me levanto, apenas me echo un poco de agua por la cara y bajo a preparar el desayuno. A mitad de las escaleras, cuando he dejado atrás la sinceridad del espejo del distribuidor, dejo de ser mi madre y vuelvo a ser yo misma y entonces mi cuerpo se hace más liviano; mis senos se hacen pequeños y firmes como mis muslos; es como si de repente adquiriese fuerza y agilidad; mis tristezas se evaporan y me siento casi como si pudiese volar. Él me grita desde arriba que me ponga algo en los pies y que me tome las pastillas, pero yo sé que no las necesito, que me encuentro fenomenal. Entonces me apresuro para estar lista y coger el autobús y estoy feliz porque voy a ver al chico que me gusta, que cada quince días es uno diferente, aunque sé muy bien que cuando llegue el definitivo sabré reconocerlo. En el bolso llevo un poco de maquillaje y de pintalabios y un espejito y me arreglo en el autobús; sin exagerar, para que no me pueda decir nada la jefa de estudios. Puede que me salte alguna clase para ir a los futbolines. Después de la última, me iré con alguna amiga y estaré lejos de mi casa y de mis padres escuchando música mientras hacemos los deberes, o iremos al centro a probarnos ropa en las tiendas hasta última hora de la tarde y, con un poco de suerte, podré besar a algún chico antes de volver a casa y ayudar con la cena.

Cuando estoy arriba en el cuarto de planchar ―el que una vez fuera mi dormitorio― y soy mi madre, mientras mi marido está encerrado en su estudio y tengo tiempo para pensar, me preocupo por mí: por la de abajo, por mi yo hija. Me inquieta no ir bien con los estudios y tener demasiada prisa por hacerme mayor. Me preocupa ser una chica atolondrada y enamoradiza; una inocente a quien se puede engañar con facilidad y que puede llegar a ser muy vulnerable.

Me da miedo que un sábado por la noche me vaya con cualquiera, que encuentre un chico un poco mayor que me guste porque ya trabaja y tiene moto, que me suba a ella sin casco y que me excite que la ponga a toda velocidad por la carretera mientras me agarro fuerte de su chupa de cuero y enlazo mis brazos alrededor de su torso para no caerme, y que pegue mi mejilla contra su espalda y huela el olor masculino del cuero negro con los ojos cerrados mientras zigzaguea adelantando los coches de tres en tres, y que ponga su moto a doscientos para demostrarme de lo que es capaz mientras el viento no me deja abrir los ojos, y que me haga gritar de emoción como si estuviese en una montaña rusa y que otra vez, como cada noche, al girar la curva, nos crucemos con el camión; con las luces cegadoras del maldito camión, que yo apenas pude intuir un segundo a través de mis párpados apretados cuando ya lo teníamos encima, como el fulgor verde y momentáneo de dos luciérnagas salvajes.

 

 

 

Este relato fue elegido ganador del XII Certamen de Relato Corto «Cuéntame Portillo» 2019.

 

 

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