Negros literarios


 

Un negro literario, forma correcta en español del calco semántico
«escritor fantasma»  —del inglés ghostwriter— es un escritor
profesional a quien se contrata para escribir, bajo el nombre de
otra persona, autobiografías, artículos, novelas, o discursos, y que
no recibe oficialmente el crédito como autor de esas obras.
Suelen ser contratados por políticos, actores o personas sin
instrucción en este tipo de trabajos literarios.

 

Todo escritor tiene su particular método de trabajo. A estas alturas de mi vida, ¿por qué no confesar el mío si no tengo nada de qué avergonzarme y los resultados, a la vista están, han sido excelentes?

Jamás podría haber soñado con conocer el éxito en mi carrera literaria de no haber sido por la ayuda en la sombra de mis negros literarios.

Todo empezó de la siguiente manera:

Primero vacié el garaje de todo lo que molestaba: muebles viejos, botes de pintura medio reseca, estanterías abarrotadas de cajas de tornillos y de herramientas oxidadas, marcos antiguos… Todo fue a parar a los contenedores.

Luego hice limpieza en profundidad: una vez despejado y vacío, parecía mucho más grande. Medía unos cincuenta metros cuadrados; suficiente. Tapé con papel de embalar marrón el cristal de la única ventana para que no se distrajesen con la luz exterior. La claridad arenosa que se filtraba a través del papel confería al ambiente una reminiscencia sahariana.

Compré una caja de folios y un kilo de azúcar.

La superficie del garaje bastaba para disponer unos cuatrocientos folios en el suelo de forma ordenada. Los dividí en ocho grandes bloques o «islas» separados entre sí por unos pasillos por los que poder moverme sin tener que pisarlos.

Luego llené la mochila de fumigar con una solución de agua con azúcar y asperjé los folios con una delgada capa de almíbar hasta que comenzaron a combarse un poco debido a la humedad. El olor dulzón flotaba en el ambiente. Luego entorné la ventana para que pudiesen entrar las primeras moscas.

Al principio dejé entrar una docena. Me pareció suficiente para las pruebas preliminares. Revolotearon un rato dando vueltas todas juntas a media altura, como tejiendo un pequeño ovillo de aire en el centro de la estancia o como si estuviesen atrapadas en un minúsculo tornado de interior.

Luego bajaron hasta el suelo atraídas por el olor del azúcar.

Cuando la primera de ellas se posó sobre el papel y se detuvo tras absorber almíbar con su trompa, me pareció que trazaba, sobre el folio, la letra «A mayúscula».

Luego bajaron dos de sus compañeras y se alinearon con la primera. Con algo de timidez, acabaron por formar la palabra ala.

Un rato más tarde bajaron todas las demás y ya no pararon. Escribieron: aspa, ajo, avestruz, timonel, dulzaina, estraperlo, condominio…

He aprendido a reconocer cada letra del alfabeto por las combinaciones de algunas particularidades anatómicas y de comportamiento de las moscas: el tamaño, el gesto y la flexión de las patas, la apertura de las alas, la posición de la mosca con respecto al eje del papel… A partir de ahí, la fluidez de la lectura es una cuestión de práctica.

Mi duda más importante se había disipado: escribían en español.

Podían haber escrito en cualquier idioma o haber utilizado el alfabeto cirílico, el copto, el hebreo, el árabe o el cuneiforme, pero escribían en español, lo cual era lógico en cierto modo porque eran moscas nacionales.

Por la noche se marcharon saciadas de comida y de trabajo. Se merecían un descanso y no era de mi incumbencia lo que hacían en su tiempo libre: lo último que buscaba era esclavas. Antes de irme a la cama, dejé la ventana abierta para que, durante la madrugada, pudiesen entrar todas las moscas que quisiesen colaborar con el proyecto. Puse el despertador a las seis de la mañana. Me levanté, desayuné un vaso de leche y una magdalena y cogí de mi escritorio un bloc de notas y un bolígrafo. Luego bajé al garaje.

Cuando llegué, apenas se veía nada. Una nube negra, como de humo de carbonilla, llenaba toda la estancia. Un buen rato más tarde, a las ocho en punto, cesaron de revolotear, se repartieron sobre los papeles y comenzaron a escribir.

Trabajaron durante ocho horas seguidas —en jornada intensiva—. Volaban de una hoja a otra, se juntaban para formar palabras que luego deshacían para sustituirlas por sinónimos más precisos, se separaban en grupos para dejar los renglones vacíos que correspondían a los espacios entre párrafos y, al final de la jornada, cuando tuvieron un texto terminado, se pararon durante unos minutos. Luego, comunicadas íntimamente entre ellas, como las neuronas de un cerebro o como los miembros de una bandada de estorninos, deshicieron el texto al unísono y volaron de forma ordenada a través de la ventana abierta. Fue solo durante ese lapsus —apenas los diez minutos que permanecieron quietas— que el texto se hizo legible.

Apenas tuve tiempo para anotar en mi cuaderno algunas frases sueltas:

«Tras una escala en Miami, mi avión aterrizó en el aeropuerto Herrera pasada la medianoche; aún tenía que alquilar un coche».

O «La única pertenencia que heredé de mi padre tras su muerte fue el caparazón de una tortuga marina».

No podía creer lo que veían mis ojos: ¡escribían narrativa! ¡Y con referencias contemporáneas! Hasta ese momento había llevado a cabo mis experimentos a tientas, como un ciego. Ya había comprobado que escribían en español, pero no podía saber si las moscas escribirían informes jurídicos, prospectos de medicamentos, recetas de cocina o instrucciones de uso para electrodomésticos.

O lo que habría supuesto el peor de los fracasos: poesía contemporánea.

Pero no; escribían narrativa, y la prosa parecía bastante depurada.

Me encontraba entonces ante un dilema técnico: las moscas escribían todo el día pero, una vez acabado el texto, no encontraba la forma de poder leerlo durante el poco tiempo que lo mantenían estable. En aquellos primeros días, esta fue la frase más larga que tuve tiempo de transcribir:

«A los doce años, Leo soñaba con convertirse en el trompetista negro más disputado por los clubes de jazz del Nueva York de finales de los cincuenta. Gastaría zapatos bicolor, traje de raya diplomática, gruesos anillos de oro labrado y un sombrero claro de ala ancha».

Era frustrante. Tan solo conseguía captar fragmentos de lo que parecían historias, trozos de planteamientos y de nudos, pinceladas de personajes, pero ningún desenlace.

Necesitaba una solución técnica para captar el texto en su totalidad antes de que se deshiciera, así que instalé una cámara fotográfica sujeta a una estructura de barras de aluminio y de raíles que fijé al techo del garaje. Con un ingenioso mecanismo de cordeles y poleas, puedo situarla sobre cada una de las islas y de esa forma hacer las fotos necesarias en apenas cinco minutos.

Solo tengo que esperar hasta las cuatro menos diez de la tarde. Sé que cuando acaba el murmullo de cientos de miles de patas frotándose entre sí, de breves aleteos o de miles de trompas succionando almíbar, cuando se instala el silencio y las moscas se quedan quietecitas, dispongo de esos diez minutos de calma para hacer mis fotografías.

Luego las descargo en el ordenador, las clasifico y puedo dedicar tiempo a inspeccionarlas y a transcribir las que tienen un interés particular. En los últimos años, esa fase se ha simplificado mucho gracias a la fotografía digital; por eso ahora saco el triple de publicaciones que en mis primeros tiempos, cuando me condicionaban los engorros de la fotografía analógica.

Cuando acaba la jornada laboral y salen por la ventana para pasar la noche a inspirarse Dios sabe dónde, quedan sobre los papeles los restos de la batalla. Miles de pequeñas heces como signos de puntuación: puntos, comas, diéresis, tildes, virgulillas, puntos suspensivos, que me obligan a recoger y a tirar los papeles sucios y a abrir un nuevo paquete de folios, humedecerlos con almíbar, y disponerlos para la siguiente jornada de trabajo.

Si no lo hiciese, las moscas se harían un lío con la puntuación del texto del día anterior y eso afectaría a la redacción.

He aprendido a prever cuándo vendrán pocas moscas debido a la época del año, a la temperatura o a las previsiones de lluvia o viento. Esos días preparo una única isla de papel, y las moscas que acuden ya saben que van a dedicar la jornada a los relatos cortos. Les gusta ese cambio de ritmo —todo escritor debe huir de la rutina— así que se preparan mentalmente revoloteando unos minutos a un ritmo muy lúdico antes de ponerse manos a la obra.

Tengo archivados miles de manuscritos de novela. Consigo una cada día y, los días que empleamos en escribir relatos, puedo obtener cinco o seis. En ese sentido, mi trabajo se parece bastante al del lector de una editorial.

Son muy profesionales: manejan bien las referencias culturales; no cometen grandes errores de trama ni recurren a soluciones fáciles de autor novato o perezoso. La factura es, de media, más que correcta.

Cuando veo, en las primeras páginas, que estoy ante una novela de género —misterio, policíaca, histórica, romántica, ciencia ficción, autoayuda, zombis, etcétera—, las desecho sin continuar la lectura. No es lo mío.

Cuando veo que son subproductos que imitan a escritores más «literarios» de primera fila, puede que continúe la lectura hasta el final por gusto, aunque sé que esas novelas están destinadas a ser archivadas. Cuando me encuentro con una novelita pornográfica con chispa, la guardo para uso privado.

Sin embargo, cuando encuentro manuscritos que tienen mi estilo y mi sello personal, acabo la lectura y, si tienen la calidad suficiente y consiguen emocionarme, las transcribo, las firmo y se las envío a mi editor para su publicación.

Siempre que eso sucede —una vez cada tres o cuatro años o, lo que es lo mismo, más o menos cada mil manuscritos— se lleva una alegría, porque es experto en convertir mis obras en dinero contante.

Entre otras, mi labor consiste en emular el trabajo de los correctores de estilo. Por esa razón, si veo que alguna mosca abusa de los adverbios terminados en mente o del uso del gerundio las voy eliminando directamente. Si veo que abusan de los adjetivos, me deshago de las culpables con un discreto, certero y terminante pisotón. Si veo que pecan de repetir palabras, mi trabajo se centra en no permitirles que pequen repitiendo un trabajo deficiente. Por último, si veo que abusan de las frases hechas o de los lugares comunes, les doy pasaporte y aquí paz y después gloria.

También tengo, encerrado en un frasco, a mi equipo de élite; yo las llamo «las creativas»: un par de cientos de moscas especializadas en comienzos brillantes. Las suelto en la primera página, asperjada con doble ración de azúcar, bajo un mosquitero de rejilla en forma de cúpula, de los que se ponen sobre los quesos, y les dejo que me escriban un comienzo impactante. De todos es sabido que no hay buen texto sin un arranque de primera que sepa atrapar al lector. Ellas son las responsables de párrafos inaugurales como este:

«En la época en que yo la conocí —hace ya bastantes años—, el único talento que poseía Betty —y del cual malvivía— era la capacidad de lanzar pelotas de ping-pong con la vagina».

O como este otro:

«Abundio Nepomuceno de la Santísima Trinidad de Jesús de los Tres Clavos —Trini— hubo de arrancarse los dos dientes que le quedaban antes de comenzar a ejercer el injustamente vilipendiado oficio de mamón de pueblo».

De esa forma he forjado mi carrera literaria. A falta de talento innato para escribir, yo soy, de alguna manera, un facilitador;  como un director de orquesta o un domador o un cazador de talentos.

Ahora ya lo saben. Critíquenme si gustan. Mis detractores estarán deseando tener un motivo para hacerlo.

Yo, por mi parte, duermo con la conciencia tranquila y con el orgullo de dejar una obra muy digna para la posteridad.

Este relato, sin ir más lejos ha sido compuesto por nosotras.

 

 

Relato ganador del XII Certamen de Relato Corto “María Teresa Rodríguez” del Lar Gallego de Sevilla. 2020.

2 comentarios sobre “Negros literarios

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