Un pueblo pequeño y pintoresco


Me ha brotado un pequeño pueblo en la palma de la mano izquierda. Un minúsculo pueblo muy pintoresco rodeado de bosques y con su iglesia, su fuente de piedra y sus paisanos. Es poco más que una aldea; uno de esos lugares «con encanto» donde parece que el tiempo no deja cicatrices.

Durante la primera noche ya sentí un picor extraño; un hormigueo más bien. Al amanecer, tenía la palma encallecida y verdosa.

Al día siguiente me salió un granito en el centro de la palma, y fue creciendo en vertical hasta que eclosionó, a través de la piel, el campanario de la iglesia. No fue doloroso; como he dicho, solo picaba un poco. En los días posteriores asomaron el resto de tejados, bien alineados sobre lo que antes fueron las líneas de mi mano y que después se convirtieron en un entramado de calles y plazas. Al final afloraron los bosques de encinas, los huertos y algunas granjas en las afueras, ya cerca de las falanges proximales.

Al amanecer del séptimo día, el pueblo ya estaba formado y los habitantes, como si despertasen de un sueño profundo, comenzaron a salir de sus casas y a hacer cosas cotidianas: se formó un pequeño mercado en la plaza, algunas tertulias callejeras, juegos de niños… lo normal.

Ahora ya estoy acostumbrado. Cuando salgo a la calle —a la calle normal, a la de mi dimensión— cierro la mano con cuidado, o la oculto en el bolsillo del abrigo para evitar preguntas indiscretas pero, al llegar a casa, la abro, la sitúo bajo una lámpara y me entretengo fisgoneando con una lupa.

Puedo pasar horas enteras contemplando desde arriba ese espectáculo fascinante. Intento no perturbar demasiado la vida de la gente pequeña pero, a veces, es inevitable. Si acerco la mano demasiado a la bombilla, puedo ver cómo las contraventanas se cierran buscando la penumbra, y cómo los paisanos se quitan las chaquetas y miran hacia arriba con la mano en visera, y entran en el bar a buscar una cerveza fresquita o tiran de botijo.

Cuando me ducho, sacan paraguas o vuelven corriendo de los campos y se refugian en los soportales o bajo los arcos de la plaza central hasta que acabo, y también miran hacia arriba, hacia mi cara, aunque se diría que no me ven; como si sus ojos solo pudiesen enfocar algunos centímetros.

He tenido que dejar de hacer cosas con esa mano porque no quisiera deteriorar el pueblo: los ratos que me hace pasar son impagables. No sé; de alguna manera siento que es mi pueblo y que tengo cierta responsabilidad sobre él; que he adquirido el deber de protegerlo. Menos mal que me ha salido en la izquierda y que con la otra mano me manejo bastante bien.

Encargué por internet —he tenido que aprender a teclear con una sola mano— la lupa más potente que pude encontrar; una de esas lupas con un pie y con un aro de luces led alrededor de la lente. Un dineral de lupa. Desde que llegó el paquete, comencé a ver detalles increíbles que antes me habían pasado inadvertidos. Pude distinguir las caras de la gente y, poco a poco, fui poniéndoles nombres y asignándoles a cada uno una profesión: el alcalde, el herrero, el guardiacivil, la maestra, el borracho, el afilador…

No pasan muchas cosas en el pueblo. Los habitantes en general parecen felices; atareados pero contentos, aunque a veces hay rencillas entre comadres o pequeñas disputas municipales que enturbian la paz por momentos. Supongo que es lo normal.

Los domingos por la mañana es el sonido de las campanas lo que me despierta. Es curioso porque parece que lo hacen adrede, como si quisiesen convocarme; como si supiesen de mi existencia y buscasen de alguna manera establecer contacto conmigo y por eso han erigido el campanario lo más alto posible, como si fuese una pequeña antena; para acercarse a mí y hacerme llegar el tañido de sus campanas. ¿No son adorables? Me despierto y los veo a todos muy arregladitos caminando en grupos familiares hacia la iglesia. Luego se pierden en el interior y mientras desayuno oigo un murmullo, un runruneo de muchas vocecillas que salen desde dentro como una sola. Es la única ocasión en que los oigo. No podría decir en qué idioma hablan; es más bien como el zumbido de un aleteo de mosca que viniera de muy lejos.

Reconozco que a veces he tenido tentaciones crueles. Sería divertido cazar algunas hormigas y dejarlas recorrer las calles del pueblo sembrando el terror como si fuese una invasión de dinosaurios extraterrestres; o echarles el humo del cigarrillo y ver cómo tosen y se asfixian pensando que les asola alguna plaga maldita; o apuntar a mi mano con el secador de pelo hasta que volasen árboles y tejados. Al final me contengo de gastarles bromas pesadas porque, al fin y al cabo, son como yo; están hechos a mi imagen y semejanza y uno no es tan cabrón. Si acaso me permito alguna pequeña travesura como, por ejemplo, situar la mano un rato bajo el aparato de aire acondicionado para verlos ponerse sus minúsculas bufandas y cortar leña para encender sus chimeneas. Naderías. Se podría decir que les he cogido cariño y que con mis ocurrencias inocentes los mantengo distraídos.

La verdad es que me divierto bastante con el pueblito. Se ha convertido en mi hobby. Conozco secretos que la mayoría de los habitantes ignora. He visto a Crisanto el tabernero echarle agua al vino; he visto al guardiacivil, el cabo Morales, confiscar revistas pornográficas a unos adolescentes y luego usarlas para su solaz personal cuando se queda solo en el cuartelillo; he visto a Don Severo el notario a través de la ventana de su dormitorio probarse frente al espejo los ligueros y las pelucas de su difunta esposa; finalmente he visto —reconozco que conmovido—, a Fina, la secretaria del ayuntamiento, besando con pasión a Piluca la panadera, ambas ocultas tras los lavaderos, mientras se acarician los pechos temblorosamente, subrepticiamente, mutuamente y con urgencia.

Entiendo que son pequeñas trasgresiones que le aportan sal a sus diminutas vidas y que ayudan a combatir el tedio que siempre gobierna un pueblo tan limitado.

Yo solo miro y me entretengo. A veces anoto cosas para no olvidarlas o por ir atando cabos que me ayuden a conocerlos, pero procuro no intervenir.

¿Quién soy yo para juzgar a nadie? Y menos aún a seres tan insignificantes.

Este relato ganó el XXVIII Certamen de Cuentos “Villa de Moraleja” 2021

5 comentarios sobre “Un pueblo pequeño y pintoresco

  1. Me resulta sorprendente cómo Antonio Tocornal va recogiendo los guantes de la vida, como si de una hormiguita se tratatase, y, cuando menos te lo esperas, te coloca aquel guante que en algún momento se atravesó delante de ti y que jamás habías vuelto a ver. Solo que Antonio lo ha desinfectado, lo ha limpiado, lo ha teñido, lo ha pulido y lo ha envuelto con un papel de la mejor seda y un lacito de preciado satén.

  2. No me extraña que ganes tantos premios, sorprendes con tus relatos siempre, la originalidad y la fantasía cada vez es más creciente, y en el fondo, ¡qué bien te lo tienes que estar pasando con estos regalos que nos haces!

  3. Uau, qué estupendo retrato. Qué pequeñitos y vulnerables somos. Por suerte, tú nos reflejas. He disfrutado leyendo. Enhorabuena por el premio.

  4.  MORALEJA: Lección o enseñanza que se deduce de un cuento, fábula, ejemplo, anécdota.
    ¡Cómo no iba a llevarse el premio “Villa de Moraleja”!

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