Annunziata y el Patriarca

 

A excepción de cara, cuello, palmas y pies, el cuerpo de la novicia Annunziata Salvatrice Liboria fue profusamente decorado con tintas de colores, y fue reservado con celo para el uso y disfrute exclusivo del Cardenal Giuseppe Luigi Trevisanato, el patriarca de Venecia que regía sobre los trece vicariatos y las ciento veintiocho parroquias de la provincia.

A sus dieciséis años recién cumplidos ya llevaba, tatuados en la piel, los retratos de los ciento veinte dogos que gobernaron la ciudad de Venecia durante once siglos.

Aun así, se dispuso que se reservase el centro del pecho, a modo de frontispicio, para la soberbia imagen del patrono de la que hasta hacía poco fuera ciudad-estado: el Evangelista San Marcos en actitud bendicente y en el centro de su mandorla oval. El santo relucía escoltado por los níveos y simétricos senos de la joven novicia que ejercía de lienzo.

Para tamaña obra, el patriarca mandó traer al mejor tatuador del Imperio del Japón: «Se le persuadirá con tantos ducados de oro como fuere menester o incluso con artimañas si no entrare en razón».

Cautivo del cardenal, el artista japonés comenzó su trabajo unos años atrás, cuando Annunziata Salvatrice Liboria era apenas una púber, a razón de un retrato por semana. El patriarca en persona supervisaba la obra y proveía los óleos o los aguafuertes que habían de servir como modelos. Los dogos más antiguos, aquellos de los que no se conservaban retratos documentados, eran confiados a la imaginación del tatuador: alguno salió ―gajes del oficio― con ojos rasgados.

Annunziata fue elegida entre las novicias y cedida por la abadesa del Convento della Santa Croce debido a la tersura sin mácula y a la perfecta transparencia de su piel, amén de su mansedumbre. A cambio, la congregación habría de recibir una bendición del patriarca de Venecia, un cerdo cada año, engordado y listo para la matanza, y la promesa de una bula con el sello impreso en plomo fundido del mismísimo Pío Nono.

Cada jueves, después del toque de Vísperas y del rezo del Ángelus, la abadesa la conducía aseada, convenientemente perfumada y con el pelo recogido en un discreto tocado alto, hasta los apartamentos del Cardenal Trevisanato, en el Palacio del Patriarcado, situado en la Piazza de San Marco y frente al Gran Canal, para que lo asistiese en el rato que dedicaba semanalmente al estudio de la historia de la ciudad milenaria sobre cuya curia gobernaba.

Mientras Annunziata se cambiaba el hábito por una túnica de seda púrpura dispuesta por los lacayos, Trevisanato hacía que atizasen el fuego de la chimenea para caldear la temperatura de su estudio, y pedía que le abriesen una botella de vino del Véneto: de Villa Angarano o del Castello Papadopoli; hacía que se lo sirviesen en una copa de cristal de Murano y despedía a los sirvientes. Luego, invitaba con un gesto a la núbil Annunziata a subirse a una tarima junto a los ventanales, y ajustaba el cortinaje hasta que la luz plateada del atardecer de Venecia incidía sobre ella con la intensidad adecuada para el estudio de los retratos.

Primero le pedía que se descubriese los hombros y el pecho y, cuando tenía la imagen del santo apóstol frente a sí, bendiciendo desde su mandorla como si fuese un balcón abierto en el pecho de la novicia, procedía a rezarle un Pater Noster mientras le llegaba el perfume inocente y claro de los jóvenes senos de su portadora.

Rezaba el patriarca con confianzas; con cierto deje de camaradería, de tú a tú con el apóstol patrono, como si lo considerase un compañero de idéntico rango: dos manos derechas del mismísimo Creador. Mientras oraba sus latines, contemplaba con indulgencia los pezoncillos erectos de la joven monja.

Luego, ya más distendido, le pedía a la novicia Annunziata que localizase a cierto dogo en concreto y que descubriese la zona de piel que acogía su imagen: a Pietro Mocenigo, gran orador y almirante de la Serenísima bajo cuyas órdenes se construyeron setenta y tres galeras en doce días; a su hermano Giovanni, que luchó contra el sultán del Imperio otomano y que perdió en un incendio su ingente colección de pinturas tras negarse a abrir las puertas de sus aposentos por miedo a los saqueadores; o al último de todos: Ludovico Manin, forzado a abdicar por Napoleón Bonaparte tan solo unos años antes del nacimiento del propio Trevisanato.

El cardenal estudiaba en sus libros la vida y obras de un dogo cada jueves mientras tomaba notas de su puño y pluma. Lo escogía sin imposiciones de orden cronológico; esperando, tal vez, que se le contagiase algo de la sabiduría de aquellos hombres de estado, mientras ilustraba su aprendizaje con la imagen del objeto estudiado sobre la piel que recubría con tersura ora un omóplato, ora una nalga, o sobre el monte de Venus o la cara interna de uno de los muslos de la novicia y virgencísima sorella Annunziata Salvatrice Liboria.

Era su forma de evadirse de los quebraderos de cabeza que los austríacos y los prusianos le causaban desde hacía años, y del codicioso juego que los franceses y los italianos se traían disputándose la dominación de la milenaria ciudad-estado.

Cuando acababa su estudio cerraba el libro, se servía otra copa sin recurrir a los lacayos y, sentado en su sillón cardenalicio, le pedía a la joven Annunziata que dejase caer la túnica para poder contemplar en silencio el conjunto pictórico al completo. Mientras fuera oscurecía el cielo de Venecia y el color de la luz pasaba del plata al plomo, los retratos expuestos a la ventana se desvanecían en la penumbra del atardecer mientras que los del otro lado vibraban con el reflejo anaranjado de la lumbre del hogar.

Con la profusión iconográfica de la historia de la nobleza veneciana y con la mata perfumada del vello púbico de la novicia a dos palmos de su prominente nariz patriarcal, Trevisanato aguardaba una erección que debía manifestarse entre erudita y mística; entre humana y divina. En su mano, la copa de vino. Nunca acabó de fraguarse del todo el alzamiento; tal vez por razones debidas a una deficiente irrigación sanguínea, tal vez simplemente debido a la decrepitud del sujeto paciente.

Giuseppe Luigi Trevisanato jamás conversó con la novicia más de lo necesario. Durante las sesiones de estudio, Annunziata se limitaba a observar en silencio los frescos de santos, el artesonado de caoba, los candelabros de oro repujado, las esculturas de mármol, los tapices que cubrían las paredes, o miraba por la ventana hacia el Gran Canal. Mientras contemplaba la lluvia resbalar sobre los lomos verdes de los leones alados sobre las columnas, aguardaba la llegada de las naves intentando adivinar si procedían de Flandes, del puerto de Trípoli, o tal vez de la Ruta de la Seda.

Cuando el Cardenal le daba licencia para marcharse, siempre le obsequiaba con unas uvas, unas coles, o incluso a veces con un par de perdices o una liebre ya desollada y sin tripas que acabaría por ser degustada en silencio por las monjas más veteranas.

Annunziata recogía entonces su hábito del suelo de mármol, se vestía sin levantar los ojos, y luego era conducida escaleras abajo hasta el vestíbulo del Palacio del Patriarcado, donde la abadesa la esperaba, rosario en mano, sentada en un banco de piedra que corría adosado a los muros, junto a una hilera de escoltas armados con lanzas. La superiora la conducía de nuevo al convento y la encerraba en su celda antes de que tocasen Completas, no sin antes recoger la ofrenda del patriarca sin mayores aspavientos, aunque con cierta fruición disimulada.

La abadesa se cuidaba bien de que la novicia no ingiriese más alimento del necesario; no podía arriesgarse a que un repentino engorde alterase las proporciones de los dogos retratados en su piel y perder de esa forma el favor del patriarca.

Un jueves, después del toque de Nona, la abadesa corrió hasta el Palacio del Patriarcado para anunciar al cardenal Trevisanato que la joven novicia no podría acudir a la hora de estudio por hallarse indispuesta y difunta en su celda. Unas fiebres tercianas ayudadas por una deficiente alimentación habían acabado con su aliento en apenas una semana. El cardenal preguntó si su piel había sufrido llagas o erupciones, y ordenó que enviasen una embarcación con criados para que le trajesen el cuerpo.

A la hora acostumbrada, la novicia Annunziata se hallaba desnuda y acostada de cuerpo presente sobre una mesa de caoba en el estudio del patriarca. Los ciento veinte dogos seguían cada uno en su sitio, aunque con un ligero tono más verdoso o más amarillento que el acostumbrado.

Fuera llovía un silencio lejano como solo en Venecia es posible y los cristales del ventanal eran refugio de raudas serpientes de azogue que morían al instante.

El anciano cardenal, por primera vez desde que la conociera, se quitó el anillo con el escudo papal y recorrió el cuerpo de Annunziata con sus manos. Empezó desde el cuello, muy despacio; siguió por los hombros y los brazos, por el pecho, que encontró frío y compacto. Cuando pasó sobre el evangelista bendicente que se asomaba desde su mandorla como desde una vagina abierta, murmuró «In nomine Patris, et Filii, et Spiritus Sancti». Recorrió el vientre, las suaves curvas que ondulaban entre las crestas ilíacas y el abdomen, los muslos hasta llegar a los tobillos, y los diminutos pies, mientras repasaba, una a una, las caras de los dogos muertos y recitaba en voz baja sus nombres y sus proezas.

La chimenea crepitaba y sus llamas proyectaban sobre los retratos un cálido temblor, un amago de vida. El patriarca creyó leer en sus miradas una alarma, un interrogante: ¿Qué pasaría con ellos entonces?

Cerró los ojos; hundió su nariz cardenalicia en la mata de vello púbico de la joven difunta y aspiró hasta llenar los pulmones de su perfume de flor cortada. Por primera vez en mucho tiempo, le sobrevino una erección completa; una magnífica erección digna de un pontífice.

―¡Caramba! ―dijo―. Deus est mortali, mortalem iuvaris. ―Dios es un mortal que ayuda a otro mortal―. No dijo más.

Trevisanato decidió que no podía permitirse que aquella obra de arte grabada sobre el cuerpo de la novicia muerta se perdiese para siempre. El japonés había embarcado libre y rico hacia su país, y a él no le quedaban años para hacer decorar a una sustituta. Valoró la posibilidad de mandar separar la piel, curtirla, y preservar las imágenes de los dogos y del apóstol tensadas sobre un bastidor, pero para ello habría sido necesario hacer varios cortes en las piernas, en los brazos y en el torso, dañando de forma irremediable una importante cantidad de retratos.

Optó por la taxidermia.

Hizo venir al mejor taxidermista de la ciudad y lo instaló en su propio estudio. Puso a su disposición todos los recursos disponibles: materiales, artesanos, talladores, fabricantes de pelucas, alquimistas con sus calderos y sus fórmulas magistrales, sopladores de vidrio… En pocos días, el cuerpo embalsamado de Annunziata Salvatrice Liboria volvía a lucir de pie, tan lozano como siempre, con apenas una costura, un finísimo cordón de hilo de seda en algunas zonas, que se disimulaba con maestría siguiendo los contornos de los retratos.

La novicia embalsamada permaneció algunos años subida en su tarima junto a un ventanal del estudio del Palacio del Patriarcado, como si mirase hacia las aguas negras del Gran Canal, y cubierta con su túnica de seda púrpura, hasta que en 1870, muerto Trevisanato, los aposentos fueron ocupados por el nuevo patriarca.

Domenico Agostini, obispo de Chioggia, Gran Prior de la Orden Ecuestre del Santo Sepulcro de Jerusalén y Cardenal Presbítero de San Eusebio y de Santa María della Pace decidió redecorar el estudio a su gusto y ordenó embalar aquel cuerpo embalsamado y que desapareciese de su vista para siempre.

Hoy, el cuerpo de la novicia se encuentra encerrado en el fondo de un búnker subterráneo, en una dependencia restringida a la que solo tiene acceso el Custodio Mayor del Archivo Secreto de la Biblioteca del Vaticano, quien no sabe muy bien cómo llegó hasta allí ni la identidad de los hombres retratados sobre su piel.

Tan solo una fecha y un enigmático número de catalogación sobre una etiqueta ajada, escritos a tinta por algún bibliotecario muerto hace ya mucho y atada con un cordel a su muñeca podrían haber arrojado alguna luz si el tiempo no los hubiese ya borrado.

Sor Annunziata Salvatrice Liboria está de pie, fija sobre su peana de caoba, cubiertos los tatuajes desde los hombros hasta los pies con su túnica original, y entre una máquina fotocopiadora en desuso y una pila de tonners.

Sus ojos grises de cristal de Murano añoran los reflejos acuosos del Gran Canal y la luz plateada de la laguna de Venecia y, bajo una penumbra púrpura, una incipiente comunidad de ácaros ha comenzado a colonizar los rostros apergaminados de ancianos dogos con ojos orientales.

 

 

Este cuento fue ganador del XXII Premio Nacional de Cuentos «Ciudad de Mula-Francisco Ros» 2019.