Lecturas recomendadas

CAMINARÉ ENTRE LAS RATAS
David Pérez Vega
Editorial  Carpe Noctem
343 páginas

 

 

 

 

Casi 350 páginas bien hinchadas leídas en tres días ya dice mucho a favor de este libro. La maquetación en formado grande, con márgenes estrechos y la letra mediana han metido en 343 páginas lo que calculo que podría haber ocupado cerca de 500 en una edición más holgada, así que más a su favor.

No había leído nada de este autor, que ha tenido la mala fortuna de sacar esta novela en tiempos de coronavirus, pero el boca a oreja hace su trabajo y un par de comentarios elogiosos provenientes de lectores de los que me fío me indujeron a comprar el libro, que estuvo en «la torre de lecturas pendientes» apenas tres o cuatro semanas.

Caminaré entre las ratas es un retrato hiperrealista de una generación que no tuvo suerte: los españoles nacidos en los setenta (una década después de la mía). Es una generación que fue engañada; les dijeron que estudiando conseguirían un buen trabajo, y vimos salir de las facultades a un ejército de licenciados que, cuando no emigraban, vivieron en casa de sus padres hasta los cuarenta años porque con sus títulos, sus másteres y sus idiomas, ganaban lo mismo que un dependiente de una hamburguesería. Los mismos que no pudieron, a diferencia de los más viejos y de los más jóvenes que ellos, disfrutar del sexo sin demasiadas restricciones a los veinte años, porque el miedo al SIDA ya se había generalizado.

Es una terrible sinécdoque, porque como digo, se dibuja a una generación entera pero se hace perfilando hasta el más mínimo detalle a uno solo de sus miembros. En el libro se narra en primera persona el día a día de Domingo, un espécimen, a punto de cumplir cuarenta años, de esa generación en el Madrid del 2013,  tomado por una economía liberal, por la crisis del ladrillo que desemboca en el infratrabajo y en el rechazo al inmigrante, por el nacimiento de una extrema derecha organizada, y por una plaga de ratas gigantes que deambulan por la ciudad sin que nadie le dé demasiada importancia, como metáfora de las dificultades y de las amenazas que asaltan al narrador-protagonista tras cada esquina, tras cada gesto, pero que son asumidas por una desidia generalizada de la población y las autoridades que las ignoran. Parece que no hay horizonte, y el fantasma del amigo que se quitó la vida lo persigue como mostrándole el camino.

El refugio del sexo en internet no es más que una trampa que acaba por hundirlo en la depresión. Las inquietudes artísticas del narrador —intenta ser escritor— no es más que otro foco de frustraciones, porque a pesar de su pasión por la alta literatura, se da cuenta de que su obsesión de ser publicado con dignidad nunca podrá ser satisfecha, ya que se esté en el escalón que se esté, siempre parece insuficiente; siempre se mira con envidia al escritor arribista o que sabe manejar mejor sus contactos y que ya está, sin merecerlo, en el escalón superior, como el galgo más veloz de las carreras, que ve que por mucho que corra nunca atrapará a la liebre mecánica.

Domingo le confiesa al lector lo que no se atreve a confesar a sus padres, a sus mejores amigos, a su psicólogo, así que el lector se convierte en testigo confidente de unos fantasmas interiores en los que es muy fácil reconocerse porque todos tenemos los mismos demonios vergonzosos y todos hemos cultivado, en mayor o menor medida, los mismos fracasos.

Un perfil de narrador tan semejante al del propio escritor (misma edad, trayectoria profesional, aficiones, ciudad) nos da una pista bastante fiable de por qué la autoficción propuesta tiene tanta credibilidad, pero no debemos hacernos nunca la pregunta de cuánto hay de verdad y cuánto de ficción en esta historia (ni en ninguna). No sería elegante y ¿acaso importa?

Sin embargo, esa invitación al lector a participar en la intimidad, ese paso de ser simple espectador a devenir voyeur es, desde mi punto de vista, el secreto del éxito de esta extensa novela: uno quiere saber, y por esa razón, sin importar en qué página se deje la lectura, ya está sembrada la curiosidad de qué irá a pasar en la siguiente.

 

 

David Pérez Vega (Madrid, 1974) empezó a estudiar Ciencias Físicas y lo dejó para estudiar Administración y Dirección de Empresas. Trabajó como auditor de cuentas en una multinacional. Actualmente da clases de Economía y Matemáticas en bachiller y secundaria.

Ha publicado Los insignes (2015) con la editorial Sloper, y con Baile del Sol El hombre ajeno (2014), Acantilados de Howth (2010), Koundara (2016), y los poemarios El bar de Lee (2013) y Siempre nos quedará Casablanca (2011).

 









UNA FLOR SIN PUPILA Y LA MUJER DE NIEVE
Begoña Méndez
Editorial Sloper. Nº 1 de la Colección Hápax
77 páginas

 

 

 

Leí este libro cuando salió, hace unos meses, y no lo reseñé entonces por falta de coraje.

Quiero decir que está escrito en un territorio del cual no existe una cartografía, o al menos yo no la conozco, o está construido con un material inestable, ni sólido ni líquido: más bien una espuma que es la misma espuma con la que están hechas las emociones y que no es igual hoy por la mañana que hoy por la tarde cuando sobre ella incida una luz diferente.

(Si se me va mucho la olla me lo decís).

No lo reseñé entonces por cobarde, digo. Porque yo, que siempre he creído que me muevo bien sobre terreno sólido, que estoy cómodo cuando comento narrativa o ensayo, ante un libro como este me encuentro como si hubiese bebido y anduviese sobre arenas movedizas o sobre la cubierta inestable de un bote.

Sin embargo, algo tenía el libro que se agazapó en mi mente y que de vez en cuando se asomaba para decirme que ahí estaba (decía «cu-cu» y se ocultaba de nuevo). Al final, resulta que lo tengo desde hace meses sobre la mesa de trabajo. Desde entonces he leído veinte o treinta libros —algunos de los cuales ya he olvidado por completo— y he reseñado un puñado, pero este siempre decía «cu-cu» y me invitaba a volver a ojearlo de vez en cuando; tenía que abrirlo por cualquiera de sus páginas y volver a leer algunos de sus poemas o a extraviarme en sus collages.

Al final decidí intentar escribir sobre él como un reto, a ver si de esa forma acabo fijando lo inasible, como quien le hace una foto a una gota de agua mientras cae o a la superficie del agua justo después de tirar una piedra.

Una flor sin pupila y la mujer de nieve es claramente una catarsis; «prospecciones intradérmicas», «taxidermias de la memoria», «fracturas y contusiones de una virgen violada»: es la experiencia purificadora de las emociones humanas.

Es también una purga, una terapia. El lector voyeur querría saber más. Querría saber qué es lo que había que purgar con tanta vehemencia, y algo se puede intuir, pero se ha de conformar con las trazas, con los indicios, con la piel de serpiente que es este libro como testimonio de una muda de piel que tuvo lugar en algún momento, en alguna caverna oscura, y de forma traumática.

En algún sitio se puede leer esto a modo de sinopsis: «La historia de un linchamiento, la denuncia de los falsos feminismos y las sororidades malsanas: la perplejidad de una mujer de repente fiscalizada por el grupo de amigas, acusada de ser libre y ser feliz».

Begoña Méndez no duda en desnudarse ante el lector. Creo que mi pudor a emprender una reseña tenía que ver con sentirme o no autorizado a comentar una desnudez ajena.

 

Y yo, pequeña cosa y cuerpo proscrito

soy el estallido voraz de los versos sumergidos:

poesía y voz de gas

de las flores submarinas.

 

Tengo una extraña relación con la poesía ya que no creo en ella como género. Me falta fe. Creo que puede haber más poesía en un texto de narrativa o en un grafiti callejero que en cuarenta poemarios. De hecho, cuando me he metido en el terreno acotado de los poetas, no han dudado en expulsarme como a un intruso.

 

Mi visión desnuda, calendario en suspensión y grieta supurante

tiene la textura curvada de los paisajes torcidos

y el don de la delgadez fatal

en la sublime estética de los desaparecidos.

 

Una flor sin pupila y la mujer de nieve, sin embargo, no es un poemario al uso. En este álbum encontramos, con tanta importancia —y con tanta poesía— como tienen los versos, las reproducciones de una colección de collages hechos a partir de recortes de periódicos antiguos y confeccionados de forma que recuerdan a los experimentos de los surrealistas o de la escritura automática, o a los artistas del Pop Art americano de los años sesenta, o a obras de artistas como el británico Richard Hamilton. La autora ha sabido dejar una válvula abierta: ha permitido que fuese su subconsciente el que los compusiese sin la intermediación censora de su parte racional.

Mujeres, ojos, peces, carnalidad, bocas, fragilidad, estereotipos publicitarios, ruinas y mariposas. Y palabras recortadas y pegadas por una mente en ebullición sin pensarlo demasiado. Cualquier psicoanalista podría pasar años estudiando esa colección de ilusiones y pesadillas.

El lector masculino, como es mi caso, se encuentra ante el espectáculo de una femineidad desconocida por haber sido ocultada de forma ancestral. A la relación extraña entre una mujer y los mecanismos ocultos que rigen el funcionamiento de su cuerpo, y no tiene más remedio que intentar comprenderla desde detrás de su parapeto de ignorancia, como un entomólogo que intentase comprender las conexiones entre los palpos de las arañas desde el otro lado de una lente empañada, o como quien ve una película moldava sin subtítulos.

 

Y aunque en los suburbios de mi memoria

hay muertos luminosos

y mujeres sin piel

yo soy la forma suprema del fuego

un atlas de años sin peso

que inaugura la aurora del tiempo.

 

Las intuiciones que me iban llegando con desconcierto, como si tuviese dos manos izquierdas o dos lóbulos cerebrales izquierdos —al menos en mi caso— han ido germinando durante semanas en algún lugar del subconsciente y han ido dejando que crezcan tallos de certezas.

Comentar este pequeño álbum de textos e imágenes es un intento de nombrarlas y es de agradecer, después de tantas lecturas, hallarse de repente en Terra incognita y verse obligado a ejercer de cartógrafo.

No quiero dejar la sensación de que sea una obra críptica; en absoluto. Una aproximación a este libro podría ser como dejarse posar sobre él, como un concursante al que un helicóptero deja en una isla desierta con los ojos vendados, e intentar sobrevivir con los elementos que encuentra.

Felicitaciones al editor de Sloper, que no sé quién será pero que ha hecho una edición magnífica. Ya no se puede concebir este libro con un diseño diferente. El nombre de la colección en la que está encuadrada esta edición es Hápax. La definición de Hápax es: «en lexicografía o en crítica textual, voz registrada una sola vez en una lengua, en un autor o en un texto».

Una flor sin pupila y la mujer de nieve es el primer libro de una colección bautizada así, supongo, porque es una rara avis, algo irrepetible. Será un reto para el editor encontrar material para continuar esta colección.

Begoña Méndez se yergue, desnuda y orgullosa, con los ojos aún enrojecidos, mostrando a todos la piel de serpiente que acaba de mudar como prueba de una victoria; de un renacimiento. El lector, que es solo un intruso, asiste a ese espectáculo de sublimación con algo de pudor, con estupefacción, con algo de envidia, con admiración, tal vez con algo de culpa.

«La literatura es una mujer invisible que sonríe morosamente y escupe chorros de verdad».

 

Begoña Méndez (Palma, 1976) es licenciada en lingüística general y en filología hispánica. Remasterizada en literatura digital y más tarde en humanidades, es profesora y colaboradora en las revistas Pliego Suelto, Mercurio y El Cultural.

 

 

 

 

MALA HOJA
Alfonso Mateo-Sagasta
Editorial Reino de Cordelia
Primera edición, 2017
174 páginas

 

 

 

No parece a priori tarea fácil escribir una novela en tiempo real en la que solo intervienen dos personajes que permanecen estáticos en un único escenario.

No, ¿verdad? Pues en Mala hoja, Alfonso Mateo-Sagasta lo consigue.

En un restaurante de La Habana colonial, en los últimos tiempos del esclavismo, entablan conversación dos desconocidos; dos empresarios españoles de edad madura: don Pascual y don Julio. Son dos hombres con sendas vidas por detrás y que han hecho fortuna con el negocio del tabaco —el primero— y del azúcar —el segundo—. Ninguno de esos negocios hubiese sido viable sin la conjunción de mano de obra esclava.

En la sobremesa, el primero ofrece un exclusivo cigarro al segundo, y ambos fuman y beben ron mientras comparten confidencias sobre sus comienzos y el origen y crecimiento de sus fortunas, pero también hablan de su dispar relación con sus respectivas compañeras.

El sábado pasado coincidí con el autor en Valencia, en una cena multitudinaria de libreros y escritores en la que nos sentamos por separado y por desgracia no tuvimos la ocasión de conversar. Sin embargo, el azar hizo que estuviésemos alojados en el mismo hotel y en habitaciones contiguas. Él dormiría en la 2106 con su encantadora esposa Emilia. Yo en la 2107, una vez más, solo. Mientras caminábamos juntos hacia el hotel, me contaban el argumento de la novela y les señalé que me recordaba El último encuentro de Sándor Márai. Me confirmó Mateo-Sagasta que su editora le había dicho lo mismo, pero que leyó esa novela después de haber concluido Mala hoja, cosa que no me extrañó, ya que El último encuentro no es tan popular. Es un acierto que no hubiese conocido esa novela antes, ya que el escenario de una conversación entre dos hombres maduros en tiempo real –único denominador común— tal vez hubiese influido de forma inconsciente en la redacción de Mala hoja. Felizmente, pude comprobar que son dos obras muy dispares, por lo que tómese la referencia como una referencia sin mayor recorrido.

Al día siguiente, domingo, lo primero que hice después de desayunar fue procurarme un ejemplar de Mala hoja, que por cierto he comenzado y concluido el mismo día que redacto esta reseña.

Mateo-Sagasta tiene un estilo de escritura clásico y elegante. Sin adornos superficiales ni imposturas. No esperen transgresiones ni experimentos estilísticos. Hay sobre todo oficio; el de un escritor de toda la vida, muy leído y que sabe de la importancia de la artesanía y de la buena cocina al escribir. Sabe vestir bien el material narrado y desliza de forma discreta el más que bien estudiado léxico del lugar y de la época así como el resultado de la investigación previa. Lo hace sin vocación erudita, sin que adquiera más protagonismo que las voces propias de los personajes, y eso le da la credibilidad de un profesional de sobrada experiencia.

Es una novela de texturas y olores. Uno puede degustar con los protagonistas el sabor de un buen ron y un buen tabaco, los olores de los sollados de un barco de esclavos o el calor dulzón del guarapo hervido en pailas en los galpones de los ingenios caribeños, así como —esto es clave— la moral de la época que justificaría sin ambages el esclavismo y la supremacía masculina sin la contaminación de una moral acorde a nuestro tiempo. Quiero decir que no cae en la tentación de explicar las cosas como si lo necesitásemos; nos las muestra de forma objetiva, sin moralinas ni moralejas infantiles, tal como eran, para que saquemos nuestras propias conclusiones.

Tampoco se priva de narrar un encuentro sexual muy sugerente que encaja a la perfección con el tono general.

Lo que destacaría por encima de todo es el manejo del tiempo. La novela se lee en un par de horas, lo que dicen que se tarda en fumar un puro habano.

Diría que es una lectura hipnótica que, a medida que avanza, el lector va asimilando con el placer que se supone que proporciona ―no lo sé porque no uso— un buen puro, y el que proporciona —eso sí lo sé, bien que lo sé— un excelente trago de ron.

El desenlace que se desarrolla en las tres últimas páginas es magnífico y le dan un sentido inesperado a la historia sublimándola a otro nivel.

A destacar, como es habitual, la bellísima edición de Reino de Cordelia. Ojalá todos los editores tratasen sus ediciones con la misma deferencia.

En definitiva: una excelente lectura de corte clásico y bastante exquisito para uno o dos días, y que aporta además una buena visión pedagógica de la época y del lugar.

 

 

 

 

TRES CUENTOS ESPIRITUALES
Pablo Katchadjain
Editorial Hurtado y Ortega (Colección Biblioteca K)
137 páginas
ISBN nº 978-84-945916-8-6

 

 

 

 

Segundo libro que cae en mis manos salido de los hornos de la joven editorial Hurtado y Ortega, después del maravilloso Tres circunvoluciones alrededor de un sol cada vez más negro, de Grégoire Bouillier que fue, para mí, un libro revelación (reseñado más abajo en esta misma página).

Con Tres cuentos espirituales, una de las dos primeras publicaciones de la «Biblioteca K», en la que los editores piensan recoger toda la obra de Katjadjian, Hurtado y Ortega confirman, a mi modo de ver, la intención de construir un catálogo riguroso y original para lectores aventureros y muy exigentes.

Vamos a lo que vamos: intentaré escribir esta reseña sin pronunciar la palabra onírico.

―¡Mierda, demasiado tarde!

Para comenzar la lectura de Tres cuentos espirituales, del argentino Pablo Katchadjian, (1977), es necesario despojarse primero de muchos prejuicios; sobre todo si no se le ha leído nada y no se sabe nada de este autor aparte de alguna referencia vaga, como ha sido mi caso.

Es importante también saber que no basta con una lectura pasiva en la que el lector se conforme con ser el recipiente en el que se vierte la narración. La lectura sería más bien comparable a un sistema de vasos comunicantes en las que el lector tiene que ir asumiendo el aporte de información, pero también procesándola con sus vivencias y con su forma de entender las cosas a modo de catalizador.

Poco a poco, el lector falto de referencias va construyéndose una brújula, un mapa para situarlo ―o, mejor dicho, para situarse― ante esta original forma de narrar. De no ser así, la lectura sería como si uno se encontrase en el medio de un mar inmenso sin saber cómo ha llegado hasta allí.

En mi caso, vinieron a mi mente el Aduanero Rousseau y los demás pintores naïf, Raymond Queneau, Miró, Perec y los divertidos gamberros de Oulipo, Magritte, Tzara, Apollinaire, pero también ―que me perdonen los críticos más sesudos― la forma de narrar exenta ―aparentemente ― de malicia, pero con retranca y mucha mala baba de Carlos Faemino (de Faemino y Cansado).

―¿Cómo?

―Lo que le digo.

―¿Entonces?

―Entonces nada. Eso no es incompatible con la «Alta Literatura».

―Siendo así, me callo.

―Mejor. ¿Puedo seguir?

―Siga, siga.

La de Katchadjian (Si a estas alturas han aprendido a pronunciar Kardashian, no tendrán problemas con Katchadjian) es una narrativa que podría provenir directamente de una realidad soñada y cuyo principal mérito se podría fijar en la habilidad casi heroica para resistir la tentación de pulir esos sueños o de tamizarlos y adaptar lo soñado a la realidad según dictan  las convenciones tradicionales. En ese sentido, no podemos compararlo con otros narradores de sueños como Cartarescu;  Katjadjian, el contrario que el rumano, los expone con toda la escoria, sin desbastar.

No voy a abundar sobre el famoso ―e incomprensible― pleito entre el autor y María Kodama a raíz de El Aleph engordado, otra obra del argentino, porque hay sobrada información en Internet sobre ello, pero podría ser una premonición, una metáfora sobre «el desencuentro» que está presente en cada uno de los cuentos: entre los pobres y los poderosos, entre los feroces legisladores y los vulnerables administrados. Dicho episodio lamentable ―bendita ironía de la vida― se ha convertido, a su pesar, en «Literatura real», e ilustra una falta de la comprensión de lo irónico que me imagino que habría hecho avergonzarse al propio Borges.

En Informe sobre la muerte del poeta, los enviados de una sociedad distópica y despiadada emprenden la caza y captura de un poeta que no se sabe muy bien qué delito ha cometido.

En el segundo cuento, Menos mal, un gigante preocupado porque no tiene un traje presentable para ser enterrado en él cuando le llegue la hora de la muerte le encarga a su ayudante-esclavo la misión de encontrarle uno en terreno enemigo.

En el tercero, El libro, un ermitaño milagrero sale de su reclusión en un pozo y se tiene que disfrazar de librero para escapar de una condena. Este es, en mi opinión, el cuento más logrado. En él nos muestra cómo todos nos convertimos, en algún momento de nuestra vida, en una copia de nosotros mismos, y la imposibilidad permanente de volver a ser el original ante la mirada de los demás. Y que al convertirnos en un «yo copiado», estamos condenados a relacionarnos con copias de los demás personajes que integran la gran novela de la vida.

El final del cuento ―y del volumen― es una enumeración-poema al más puro estilo de la escritura automática:

 

«Choclo, bagre, naranjo, antigua sanguijuela

Romero, falda, llaga, cerebro de lija

Tormenta, manga, lluvia, algas descompuestas…».

 

¿Por qué? ¿Para qué? Yo creo que es una firma; una marca de agua muy pensada y medida, pero también una reivindicación o una exhibición de las libertades estéticas a las que el autor ha conseguido escalar: como la piedra que el alpinista que ha coronado una cima se baja de la montaña en el fondo de un bolsillo para que sirva de prueba.

Es «su piedra», que para eso se la ha ganado.

Katchadjain se ha ganado, de esta forma, un camino personal y con sello propio hacia el único destino justificable: la poesía.

No lo lean si no les gusta jugar.

 

 

 

 

LOS PIMIENTOS Y OTROS CUENTOS INDIGESTOS
Jesús Tíscar Jandra
Alpistes y membretes autoediciones
145 páginas

 

 

 

 

Ayer mismo, sin ir más lejos, el escritor Gabriel Bertotti compartía con Nadal Suau (dos autores que he reseñado aquí mismo recientemente), en una entrevista radiofónica en IB3, una reflexión sobre la obra de David Lynch. Decía algo así como que el talante del cineasta se podría condensar en una escena en la que un hombre enamorado de antiguo reuniese fuerzas para declararse a su amada y que en ese momento una paloma se le cagase encima.

Yo añado, con motivo de esta reseña, que si Bertotti dice la verdad, cosa que no siempre sucede, y David Lynch hubiese conocido a Jesús Tíscar, ahora mismo estarían en Jaén tomándose un clarete y mirando a ver cuál de sus cuentos se adaptaría mejor a un guión.

La decisión romántica y heroica de autoinmolarse de un poeta fracasado se puede convertir en un acto ridículo por el hecho aparentemente irrelevante de que en la tasca de una pequeña estación de tren se hubiesen quedado sin pimientos una mañana de enero.

Los pimientos y otros cuentos indigestos es una recopilación de diez magníficos relatos que ya fueron premiados en su día por separado y que Tíscar recicla en este recopilatorio para darles una segunda vida. Lo edita el propio autor, y hace bien: para que otro gane dinero, ya lo recauda él. Además lo ha hecho bien y no ha caído en el error de otros recopilatorios de cuentos premiados, ya que el conjunto es equilibrado y homogéneo, tanto en calidad como en estilo y tratamiento. Detalle importantísimo que muchos autoantologistas olvidan.

Tíscar tensa las relaciones con sus personajes y los pasea al borde del precipicio del ridículo, pero nunca los deja caer; siempre les tiende una mano para salvarlos; una mano de humanidad que nos recuerda que todos somos humanos y, por lo tanto, ridículos.

Max Estrella, el viejo escritor arruinado enamorado de su joven vecino; Miguelín, el tonto del pueblo que se pasea con un transistor a la oreja y al borde de la hipotermia; la puta tuerta que de madrugada busca cambiar sus servicios por un porro en la plaza de un pueblo desierto; el oficinista que se compra un cojín de scay (o escay) para que sobre él se siente cierta clienta y así poder atrapar y apropiarse de los efluvios que deje su entrepierna… Todos ellos son espejos llevados al límite de la parte más ridícula ―y por lo tanto la más humana― de cada uno de nosotros.

Los héroes aburren; son los antihérores los que poseen el jugo condensado de la vida.

Tíscar juega con ellos como no podría jugar David Lynch, porque para escribir Los pimientos y otros cuentos indigestos hay que ser muy español (y mucho español). Yo diría además que hay que cultivar la retranca propia de esa zona que queda descolgada entre La Mancha y Andalucía, y hay que haber leído mucho a Cela y a Umbral, autores de quien Tíscar ha heredado la extraordinaria precisión del lenguaje, pero también hay que haber disfrutado un par de veces de Amanece que no es poco, o haber pasado muchas tardes solo en bares de pueblo observando al paisanaje, porque hay una forma sutil de destilar el humor para que no llegue a cuajar en carcajada, sino que se quede en algún lugar geográfico de los recuerdos; un paisaje impreciso y agridulce cerca de la garganta en el que le tragedia siempre vence, como en la vida misma.

En fin. Que acaba el fin de semana en el que he leído Los pimientos y otros cuentos indigestos y no solo no me han sentado mal, sino que me han recordado que aún quedan en España grandísimos escritores, verdaderos artesanos de la palabra que, como modestamente intenta hacer uno, basan su vida y su rutina en algo tan absurdo como contar historias e intentar hacerlo bien.

Vive Dios que Tíscar lo ha conseguido.

 

 

 

 

EN DÜSSELDORF NO HAY NI PUEDE HABER LEONES
Ignacio Abad
Editorial Mr Griffin
ISBN 978-84-948087-5-3
266 páginas

 

 

 

Acabada la lectura de esta novela de alguien que nos tiene acostumbrados a formatos de narraciones mucho más cortas que publica semanalmente en el Diario de León

Un periodista se ve abocado a mudarse a Tokio y comienza a enviar colaboraciones a medios digitales y a programas de radio españoles. Ante la dificultad de encontrar material veraz, comienza a inventar noticias como hiciera Claas Relotius, el periodista impostor del semanario Der Spiegel, hasta que fue descubierto.

Presa de su propio tejido de mentiras y en un entorno hostil por estar tan alejado de su propia cultura, el universo del protagonista se va deshaciendo bajo sus pies; se deterioran tanto su precaria economía como su vida sentimental y su credibilidad profesional: es aceptable y aceptado que la prensa mienta como máquina, como entidad, pero la misma máquina no perdona que lo haga un periodista por iniciativa particular.

Un libro muy bien cerrado: a destacar los últimos capítulos en los que el autor, desprovisto ya de la necesidad de construir un andamiaje en el que la trama se sustente, se permite ya con más libertad recrearse en «la piel» de la narración y reencontrarse con su parte más lírica; el mismo material con el que construye sus cuentos cortos.

Segunda entrega de la colección Mrs. Danvers, que parece apostar por autores españoles en la cuarentena que han desarrollado un estilo propio y original y cuyo editor, Yago Ferreiro presenta, como alguna vez he señalado, en unas ediciones cuidadas con exquisito esmero.

 

 

MARGEN CÍNICO
Gabriel Bertotti
Editorial Món de llibres
ISBN 978-84-091-5932-1
465 páginas

 

 

 

¡Qué buenos ratos he echado con este libro!

Margen cínico es un libro inclasificable lleno de genialidades. Lo que en apariencia es un ensayo sobre cine y un catálogo personal de películas, directores y actores que conforman el universo personal de las preferencias del autor, es mucho más que eso.

Es una excusa para mezclar gustos con deseos, verdades con ficciones, poesía con drama, erudición cinematográfica con la formulación de las grandes preguntas universales.

Pero es, sobre todas las cosas, el capricho de un niño gamberro que decide utilizar la literatura para hacer uso de la libertad más absoluta. Es decir, un acto de onanismo creativo; por el puro placer de las palabras y porque a estas alturas a nadie hay que explicarle que la realidad es elástica y que pobre de nosotros si no lo fuese.

Gabriel Bertotti juega con el lector, como si este, en el juego de la gallina ciega, estuviese en el centro de algo con los ojos vendados y le obligasen a dar vueltas sobre sí mismo hasta que, poco a poco, va entendiendo las reglas del juego y le va cogiendo el gusto. Al aceptar las reglas una vez comprendidas, el disfrute se multiplica.

465 páginas que se leen como si se bebiesen.

Dice el editor que «el cine es la auténtica expresión artesanal de las mitologías de las que se derivan las formas de nuestra personalidad» y que «el realismo cinematográfico es un engaño porque el cine nunca se nutre de la realidad, sino que se alimenta de sí mismo, exigiéndonos la mirada irónica con la que los cínicos encuentran la felicidad».

Y digo yo que de acuerdo, pero que lo mismo se puede aplicar a la literatura, y que si alguien necesita una prueba de ello que se compre este magnífico libro.

 

 

 

TEMPORADA ALTA
Josep María Nadal Suau
Editorial Sloper
ISBN: 978-84-17200-23-7
196 páginas

 

 

 

 

 

 

«Quan tu eres infant encara s’en veia. Avui, ja no».

 

En una ocasión, y a propósito de un tema distante, escribí que «todas las ciudades son la misma ciudad». Pobre hallazgo: no he sido ni de lejos el primero en escribir algo tan obvio pero tan difícil de argumentar, y sin duda no seré el último, lo cual me conduce a la incómoda, aunque posible conclusión, de que «todos los escritores somos el mismo escritor». Solo me queda esperar, como alguien que ha perdido una partida, que dicha conclusión sea falaz.

Nadal Suau, en Temporada alta, habla de Palma de Mallorca, pero habla de todas las ciudades y de las relaciones que sus habitantes mantienen ―o les permiten mantener― con su entorno, cuando evoluciona desde ser el marco para una convivencia funcional, con su carga histórica, hasta convertirse en un simple decorado dispuesto para los visitantes, y hasta cuya alma ―la proyección de esa carga histórica― haya sido absorbida y anulada por las cámaras de cientos de miles de dispositivos móviles.

La identidad de la ciudad de nuestros abuelos evaporada en trillones de píxeles  enclaustrados y olvidados en millones de discos duros de toda Europa. Discos duros que en veinte años estarán diseminados por vertederos de basura de todo el mundo en un paisaje distópico como el de Stalker, y que serán curioseados por la lengua hidrópica de alguna rata para comprobar si son comestibles. No lo son. Allí tendrán que ir los arqueólogos del futuro enfundados en sus monos blancos a rastrear el alma de la ciudad de hoy compartiendo lugar de trabajo con los niños de los documentales que rebuscan comida.

Fotografías en las que el ciudadano, captado al azar, queda relegado ―como bien vio el artista contemporáneo Joan Massanet― a ser parte del paisaje al mismo nivel que la playa, la catedral o la fachada de una heladería. Nada más que eso.

(No se olviden ustedes de leer al final el capítulo de Aclaraciones y agradecimientos, y sirva esta acotación para subsanar un terrible spoiler que me hicieron y que no reproduciré.

Temporada alta nace de la necesidad o de la responsabilidad de monitorizar una ciudad enferma del «monocultivo económico» que es el turismo. Hay, en efecto, una denuncia militante, pero no nos dejemos engañar por el espejismo de la «asignación de género literario». Hay un narrador y un poeta escondidos detrás del ensayista o del sociólogo, y Nadal Suau juega con el lector a esa perversión que es la identidad de género (literario) en un tira y afloja coqueto, porque él sabe muy bien que es un juego calculado aunque no lo quiera admitir abiertamente. Hay incluso un bromista: después de una demoledora metáfora sobre el apocalipsis capitalista como un barniz tóxico que ha convertido su ciudad en un centro comercial clonado de otros tantos, se permite incluir un chiste que dura nada menos que ocho páginas ―la «broma infinita»― sin otro motivo aparente que el uso lúdico de su libertad como escritor, aunque puede que esa digresión tenga vocación de entreacto piadoso para separar el anterior pasaje con otro igual de demoledor. Un respiro, como quien dice.

Entre la redacción más puramente ensayística, intercala pasajes en los que se deja arrastrar por distopías narrativas (Fuego, Drones…). Otros (Aeropuerto) en el que el autor se deja llevar por la narrativa más realista y algunos, justo después (Piscina colgante), en los que se abandona a la prosa poética, como en la descripción de la playa desierta tomada por «millones de descomunales medusas luminiscentes de campana cristalina bordeada de azul eléctrico, toneladas de cuerpos cartilaginosos con tentáculos de extensión inédita. Son silenciosas y su tiempo se mide en millones de años».

Es, precisamente, esa poesía oculta en toda la obra la que hace presuponer que no todo está perdido. Nadal Suau dosifica ese antídoto contra el abatimiento con una sutileza conmovedora, casi maternal.

Que «un salto de balcón nunca es banal» ya nos lo dijo el artista francés Yves Klein allá por 1960, cuando se hizo fotografiar saltando al vacío. Cada vez que el salto se reproduce, propiciado o no por el consumo de alcohol, ya sea en un hotel de Magaluf o en una boda en Londres, se está recreando un acto épico y absurdo; una heroicidad sin recorrido propia de los que no tienen nada ―o intuyen que no les queda nada― por lo que luchar, e ignoran que siempre queda la poesía, y que ese acto disparatado da fe de ello.

El autor parece golpear en ocasiones al lector con un pesimismo aterrador hasta el punto de que uno, apesadumbrado, acaba por reconocer su parte de culpa pero, a pesar de la dureza de algunas reflexiones ―no deja títere con cabeza―  Nadal Suau propone una esperanza, porque piensa (¿o es deseo?) que aún quedan troncos a los que agarrarse antes de que la isla se acabe de hundir. En una sociedad despersonalizada ―al igual que en su avatar o su «exoesqueleto» que es el circo romano de Facebook, en el que todos intentamos sobrevivir a cualquier precio― la única esperanza que podemos encontrar está en el individuo.

De esa forma, uno puede sentir la tentación de acercarse a un adolescente grafitero y pedirle por favor que nos explique el mundo que hemos perdido con la adultez porque, al fin y al cabo, son ellos los que heredarán el reino de los cielos; de un cielo que parece azul pero que es gris oscuro porque refleja el color del asfalto, del hormigón y del amianto de la uralita.

También puede uno sentir la tentación de hacerse abuela china por un rato para bailar de la mano de otras abuelas chinas que repiten su coreografía semanal en un parque público, o de ir a las cuatro de la tarde al bar Can Vinagre a recordarle a la centenaria Virtudes, la abuela de todos, que tome su medicación, o compartir un pitillo con Paolo el payaso, o ir a leer y a aprender a los Oficios Terrestres, la librería-peluquería de «aquellas que para cuidar y para cuidarse hubieron de convertirse en guerrilleras».

«Pensar en la Historia produce angustia, porque somos su argamasa».

En Temporada Alta, Nadal Suau piensa en la Historia en voz alta para asignarle un nombre a su entorno y poder luego situarse en él. Para darle ―y darse―  un sentido. Al fin y al cabo, uno escribe ―lo que no es más que nombrar las cosas― para comprenderlas, pero también para comprenderse a sí mismo. Solo así puede uno ofrecerse de vez en cuando un «bautismo refundacional», aunque sea en mitad de la noche, en una fuente urbana con piel de serpiente ―otra obra poética ignorada―, cuando no haya nadie para dar testimonio. Hay que agradecer que ese pensamiento se lo haga Nadal en voz alta, porque propicia que uno se mire en él y se enfrente a preguntas que tal vez no se habría atrevido a hacerse.

¿Cuándo empezamos a hacerlo mal? ¿Hasta qué punto la culpa es heredada? ¿Cuál era la alternativa? ¿Hay algo que, como individuos, podamos hacer? ¿Hemos aprendido algo del pasado? ¿Qué es más coherente, ser «apocalíptico» o «integrado»? ¿Hay un término medio «sostenible» (perdón por el vocablo) o, mejor dicho, una equidistancia mitigadora y digna? ¿Ha valido la pena? Y  por último: y ahora, ¿qué?

―No aspiro al paraíso ―nos contesta Nadal Suau― sino a las preguntas.

 

 

 

 

 

INELUCTABLE MODALIDAD DE LO VISIBLE
Raw Coyote
Upupa epops ediciones
326 páginas

 

 

 

«Ineluctable modalidad de lo visible: por lo menos eso, si no más, pensado a través de mis ojos. Las signaturas de todas las cosas estoy aquí para leer, huevas y focus marinos, la marea que se acerca, esa bota herrumbrosa. Verdemoco, platazul: signos coloreados. Límites de lo diáfano. Pero añade él: en los cuerpos…». (Traducción de José Mª Valverde)

«Ineluctable modalidad de lo visible» son las primeras palabras del capítulo 3 de Ulises de James Joyce.

Ineluctable es sinónimo de ineludible, como ineludible ―ineluctable― es esta rara avis de la literatura universal.

En este volumen encontramos el testimonio desgarrador de un visionario; de un autor poco o nada conocido y que escribió en toda su vida esta única obra antes de acabar sus días, según narra el prologuista y editor, recluido en un hospital psiquiátrico en Lausana (Suiza).

Ineluctable modalidad de lo visible es «la vida» explicada con una clarividencia que solo puede conducir a la demencia. Al igual que Joyce, Raw Coyote nos invita a ver la vida con otros ojos; unos ojos que no hacen de filtro sino de ventana abierta entre la realidad y el cerebro.

La edición es póstuma, de 1999. El feliz hallazgo, casual: encontré el volumen entre una montaña de libros usados en un remate de Cáritas. Fue el título lo que me llamó la atención porque lo asocié de inmediato con el libro de Joyce.

Ineluctable modalidad de lo visible no se parece en nada a lo que he leído hasta ahora y mucho me temo que habrán de pasar muchos años hasta que caiga en mis manos una obra tan osada, sincera y carente de tabúes como es esta. Es la obra del que no tiene nada que perder; el manifiesto del que se sabe derrotado o condenado y antes de morir quiere dejar las cosas claras. La obra magnífica de quien ha empleado su vida entera intentando comprender, a través de los libros, el sentido último de nuestro paso por el mundo.

Raw Coyote se explica a sí mismo y a la literatura con párrafos como este: «Buscar que las frases tengan la consistencia de la espuma. Que las palabras no se unan entre sí como si fuesen los ladrillos de un muro o las traviesas de una vía férrea, sino que se ensamblen con algo leve y blando que se pueda mover y que fluctúe, que sea inexacto y suave pero a la vez preciso. Que lleven en sí, aparte del significado rígido del diccionario, otro significado intuitivo, poético: el lenguaje propio del inconsciente y del orate, o del niño que aún no ha leído ningún libro».

O con un derrotismo romántico como este: «Tal vez, la mejor novela jamás escrita en la historia de la literatura esté desintegrándose en un disco duro de un viejo ordenador desechado y semienterrado en un vertedero de basuras. Un disco duro que a veces es chupado por una rata ―la lengua hidrópica de una rata― para ver si es comestible. Tal vez nunca fue leída por nadie, o leída a medias por un editor inculto e impaciente o avaro, o por un amigo celoso, o por alguien que, por demasiado cercano, no supo darle el crédito que merecía».

Uno puede abrir el libro por cualquiera de sus 326 páginas y leer un párrafo al azar. En él encontrará una lección de vida y encima, si uno es escritor, se dirá sin duda: «Esto podría haberlo escrito yo si hubiera tenido la piedra filosofal que tiene Raw Coyote para traducir en palabras ideas que me pertenecen pero que no habría sabido encontrar en mí».

Ineluctable modalidad de lo visible es un libro que te cambia la vida. Hay sin duda un antes y un después de la lectura de un libro como este. Si estás contento con tu vida y no quieres que cambie, no lo busques.

 

 

 

 

TRES CIRCUNVOLUCIONES ALREDEDOR DE UN SOL CADA VEZ MÁS NEGRO.
Grégoire Bouillier
Editorial Hurtago & Ortega, 2017
223 páginas

 

 

 

 

 

El descubrimiento del año: Grégoire Bouillier. La editorial Hurtado & Ortega reúne tres textos del autor francés escritos en 2002 (Informe sobre mi persona), 2004 (El invitado misterioso), y un relato corto de 2008 (Cabo Cañaveral). En total algo más de 200 páginas de una intensidad apabullante.

Cojamos a Cartarescu, a Vila-Matas y a Houellebeck y hagamos un cóctel con ellos. Puede que el resultado no esté muy lejos de G. Bouillier.

Informe sobre mi persona ocupa la mitad del volumen y es el texto más antiguo pero tal vez el más sincero y visceral. Es una maravilla ir descubriendo la infancia y la adolescencia del autor y cómo Bouillier despoja el alma humana y exhibe las pasiones como quien no tiene nada que perder. Es la intimidad humana vomitada sin filtro.

El invitado misterioso surgió a partir de su relación con la artista francesa contemporánea Sophie Calle ―a quién tuve la ocasión de conocer en persona en París a finales de los años 80―, quien ya había inspirado el personaje de María Turner en la novela Leviatán de Paul Auster y también protagoniza el magnífico cuento largo Porque ella no lo pidió de Enrique Vila-Matas.

Cabo Cañaveral es presentado como un texto de la misma importancia que los otros dos, pero en realidad es un relato de apenas dieciocho páginas ―lo cual no le quita un ápice de esplendor― que narra un encuentro entre un escritor maduro (Bouillier) y una joven. Lo que parece que va a ser un encuentro sexual va mucho más allá y se hunde en un pozo de pasiones perversas que se arremolinan para justificar la Literatura.

«Literatura del yo pura y dura». La autoficción sin complejos llevada al límite. Casi al diván de un psicoanalista.

Cuando uno estudia las fechas se pregunta cuál es la razón por la que entre 2004 y 2017 (trece años) Bouillier solo publicó este último cuento. La explicación solo puede estar en que habría estado gestando una obra monstruosa: Bouillier ha publicado recientemente en francés Le Dossier M (Flammarion, 2017), una enorme obra autobiográfica en dos tomos que suman 1800 páginas.

No sabemos quién ni cuándo se atreverá a traducirla al castellano.

De momento Tres circunvalaciones alrededor de un sol cada vez más negro no es recomendable. Es Imprescindible. Escrito así, con mayúscula.

 

 

 

 

 

TERRA INCOGNITA
Mauro Barea
Editorial Tandaia
345 páginas
ISBN: 978-84-17986-01-8

 

 

A mitad de camino entre la novela histórica y la novela épica, Terra incognita es un viaje, pero no solo geográfico y temporal: también es un viaje al interior de lo bueno y de lo malo que hay en las almas y que son cualidades inherentes al ser humano, provenga de donde provenga.

1511. Gonzalo Guerrero es un marinero onubense, sin gusto por la vida, que naufraga en las costas del Yucatán y que en unos años pasa, de ser un esclavo de los indios, a convertirse en un nacom, un líder de la guerra.

La vida transcurre en la ciudad maya de Chactemal bajo la sombra de una fatalidad, de su terrible secreto: tarde o temprano llegarán sus compatriotas, el temible ejército de los dzules. Sabe que llegarán en grandes barcos, con caballos, mastines, arcabuces y ballestas, y que no importa si son repelidos una y otra vez; cada vez que desembarquen de nuevo lo harán con un ejército mayor y más fuerte. El Destino de Chactemal, al igual que el de las demás poblaciones de la región, ya está escrito.

Traiciones y honor. Codicia y entrega. Violencia y ternura.

Terra incognita es una historia escrita con la fuerza de los más aguerridos guerreros mayas y la magia de sus deidades. La prosa es potente, descarnada a veces, certera. Si bien el Destino se intuye porque no puede concebirse otro, el lector se involucra en la lucha, aun sabiéndose perdedor, porque sabe que los valores del perdedor son superiores al botín de los ganadores.

Gonzalo Guerreo es un tránsfuga, un traidor y un hereje para Cortés y los adelantados españoles, pero al mismo tiempo es un héroe para su pueblo. Es la personificación de Zamná, la deidad maya, pero también es el padre de los primeros mestizos. No de los mestizos que proliferarían más adelante, frutos de la unión forzada de una india paria y de un padre cruel y desconocido, sino del matrimonio sagrado de una digna india con un semidios venido «de donde sale el sol».

El prólogo nos recuerda que esta historia ya ha sido contada en numerosas ocasiones y en diferentes formatos. Se pregunta el prologuista Salvador Campos Jara, experto en la figura de Gonzalo Guerrero: «¿En qué medida nos podemos identificar hoy con esta historia, cómo corresponde, de qué manera da solución a las preocupaciones, a los fantasmas propios de nuestro tiempo? ¿Alumbrará, si acaso la buscáramos, la reconciliación con nosotros mismos o con “el otro” sin necesidad de impostadas, anacrónicas condenas o perdones?».

Por supuesto que no somos herederos de los pecados de nuestros bisabuelos de quinientos años atrás, de la misma manera que a un niño de Berlín nacido hace unos años no se le puede hacer responsable de los crímenes del nazismo. Si acaso, la novela nos invita a hacer una reflexión sobre la condición humana recordándonos, como en tantas otras ocasiones, los pasos que el hombre ha ido dando a lo largo de la historia para convertirse en lo que hoy es y para haber transformado el mundo, desde el hogar durísimo pero amable que era en la Edad del Bronce, hasta el inhóspito planeta desprovisto de humanidad y de futuro que hemos dejado a nuestros hijos.

Mauro Barea, el autor, ha hecho el viaje inverso, desde Cancún, su tierra natal, hasta Huelva, donde reside en la actualidad. Con él se trajo el primer borrador de Terra incognita, esbozado ya en el año 2011, para que evolucionase al mismo tiempo que él lo hacía. Finalmente, su obra se impuso como un adolescente en el momento de convertirse en adulto, para demostrar que no hay que demorarse en publicar nada, que cada fruta madura en su estación, y en esta ocasión, la novela ha resultado nacer de una prosa bien formada, firme, bien acabada en todas sus costuras y bien digna de ser recomendada a cualquier lector exigente.

 

Mauro Barea (Cancún, 1981), estudió el Máster en Creación y Apreciación Literaria en el IEU Puebla. Finalista en el I Premio Hispania de Novela Histórica de Madrid, y consultor del documental Entre dos mundos: La historia de Gonzalo Guerrero (2013) producido por Teve UNAM y presentado por National Geographic. Ganador del Premio Narrativa Breve del Certamen de Jóvenes Creadores de Ávila 2017. Actualmente colabora en las revistas Relatos sin contrato (España) y Bitácora de vuelos (México).

 

 

 

PRELUDIO DE UNA BORRASCA
Alberto Masa
Ediciones Eolas
354 páginas

 

 

 

Cuando un lector y un escritor coinciden en una lectura, aun sin conocerse, esta estará siempre ligada a cierto pacto entre las partes que a veces se establece a priori según referencias anteriores, y a veces según unas pautas convencionales que deben ser fijadas por el autor en las primeras páginas: identidad del narrador, tratamiento, voz, estilo, género, etc.

¿A qué tipo de acuerdo deben llegar Alberto Masa y uno cualquiera de sus lectores para que estos puedan adentrarse en Preludio de una borrasca con aprovechamiento?

Muy sencillo. El contrato tendría que incluir la siguiente cláusula:

«Antes de emprender la lectura de Preludio de una borrasca, el lector deberá olvidar los códigos literarios que haya podido aprender a lo largo de su vida como lector. Deberá leer con los ojos limpios de un extraterrestre o de un recién nacido o de alguien de una tribu remota, analizar el texto como si fuese un sueño y rechazar  juzgarlo a partir de modelos aceptados».

Parece fácil. ¿Verdad? ¡Y un cojón!

Esa necesaria forma de aproximación, está claro, no te la explica nadie: ni el autor, ni el editor ni el prologuista, que no hay. Eso hay que intuirlo/deducirlo a partir de las primeras páginas. Si lo consigues, a partir de ahí, el libro es como un paseo por el laberinto de espejos deformantes de una feria, o como el sueño de esos espejos o el reflejo de un sueño o, aún mejor, el «recuerdo etílico del reflejo de un sueño»,  que es la forma más directa de llegar al subconsciente.

Los textos de Alberto tienen algo de visionario, como si durante una madrugada lúcida e insomne pudiese darle la vuelta a sus ojos para mirar sin filtros hacia el interior del cerebro y transcribir lo que lee.

¿No tiene eso algo de masonería? ¿De Literatura para iniciados?

Uno puede estar tentado de buscar referentes: escritura automática, surrealismo… encontrará un montón de ellos, pero no es necesario.

Esta es, a mi juicio, la palabra mágica: Libertad. Me consta que Alberto Masas tiene una vastísima cultura literaria, y que ha sabido digerirla y abandonar cualquier tentación de hacer alarde de ella para concentrarse en lo básico: en la palabra. En el significado de la palabra sin la servidumbre del significante y al revés.

Alberto no construye frases con palabras: las pinta. Pinta cuadros impresionistas con palabras que a primera vista parece que a veces lanza ―iba a decir «escupe»― contra el lienzo pero que ―no se engañen― están muy calculadas.

Alberto Masa ha conseguido algo que la mayoría de los escritores que conozco llevan buscando mucho tiempo o ni siquiera saben que lo necesitan: la liberación de la norma, del dogma, del tabú, para crear un vínculo directo entre el estrato más básico del cerebro y la piel de la realidad que es común a todos, allí donde recaen todos los dolores.

Sus textos irradian electricidad de la misma forma que un cable pelado: no la transmiten de un extremo al otro, sino que es perceptible en cualquiera de sus puntos.

¿Es la Literatura un salvavidas para Alberto Masa? ¿Un asidero para no perecer ahogado? Puede, pero eso no nos concierne demasiado ya que nosotros somos los lectores y nuestro papel es otro. Lo que nos interesa es que el proceso de destilación de ideas/fantasías/miedos/palabras que es la escritura de Masa, al final producen una gota de aceite esencial, que es la que nos llega, y que en él está concentrado todo el sufrimiento y la complejidad del ser humano y eso, por fuerza, también compete a nuestro patrimonio emocional.

Si tuviese que mencionar todas las frases que he subrayado de este libro, necesitaría cien páginas. Si tengo que escoger una, me quedo con esta, porque en ella está dicho todo: «La locura es una gota de oro en el cerebro. Hay gente que nace con esa gota de oro».

Cojan un texto de Alberto Masa y exprímanlo. De él saldrán chorros de poesía, y esa poesía saldrá despojada por completo del cáncer de la poesía que es la solemnidad.

Pero primero olvídense de todo lo que hayan leído antes.

 

 

 

 

 

RAMONA
Rosario Villajos
Mr Griffin editor (Colección Mrs Danvers), 2019.
219 páginas.

 

 

 

 

La primera vez supe de la existencia de Rosario Villajos fue leyendo algunos textos sueltos en redes sociales. Tengo muchos «amigos» escritores que cuelgan sus cositas y sus ocurrencias y uno a veces las lee por encima, ya sin demasiada esperanza de encontrar ―como de vez en cuando ocurre― una perla entre los guijarros. Ya le dije en su día que tenía mucho talento y lo cierto es que tenía ganas de leer algo tan consistente y meditado como una novela: son palabras mayores.

Antes de entrar en materia, tengo que felicitar a Yago Ferreiro, el editor, por el cariño con que ha tratado este texto y por lo cuidada y primorosa que le ha quedado la edición. De forma independiente a la calidad del contenido, el continente ya predispone a encontrar cosa fina, como si fuese el estuche de una joya o un carísimo sostén de Victoria’s secret o como se llame. Da gusto encontrarse con editores que crean en su trabajo de esa forma.

Ramona es una joven poco adaptada proveniente de un barrio obrero y que se enfrenta cada día a la hostilidad de su entorno más cercano: amigas, novietes, vecinos de bloque, profesores, familia…

Ramona no es una novela construida al uso tradicional. Más que construida, ha sido hilvanada o ensartada, como un collar de cuentas ―un collar de cuentos, si me permiten el juego de palabras― o un diario compuesto por textículos sin una conexión lineal entre ellos, pero que acaban por configurar todo el universo de una época de su protagonista-narradora, Ramona Ucelay, que es, en el grueso del libro, la de su adolescencia. En una segunda mitad, entramos en un tránsito universitario vivido como una prolongación algo forzada de la adolescencia para acabar en un final  en el que va y viene desde la primera infancia hasta la edad adulta en unos cambios temporales algo anárquicos y que remata de forma redonda con un capítulo dedicado a las albóndigas de su madre que es una bellísima metáfora y un resumen existencial de la obra entera.

Que todas las novelas tienen algo de autobiográfico es cosa que ya se sabe. Más aún las novelas primerizas. Cuando además se utiliza la primera persona, eso se hace más evidente y hasta podemos sospechar que Ramona es Rosario, una Rosario que ya no existe pero de cuya crisálida acabó por brotar.

Cuando un lector emprende la lectura de un texto sospechoso de autoficción, adquiere el compromiso de asumir lo narrado como ocurrido realmente ―o no―, pero el pacto ha de ser llevado de forma homogénea o global, sea con una credibilidad total o bien en el porcentaje que se considere equilibrado. No tenemos derecho a intentar dilucidad cuánto y qué de Rosario Villajos hay en Ramona, pero no nos incumbe y, en realidad, tampoco nos importa. Se podría decir que Ramona Ucelay es el alter ego de Rosario Villajos, pero eso nos da igual. Ramona es el alter ego de todas las chicas ―y los chicos― de su generación y de otras generaciones predigitales entre la que incluyo la mía, que es una década y pico anterior, de forma independiente a si uno ha crecido en pueblo o en ciudad, es hijo de obrero o es de clase acomodada. Es muy fácil reconocerse en la novela.

En cada cuenta ―en cada cuento― se desgrana una derrota, una bofetada, un descubrimiento de que en la vida casi todo es sórdido. Que lo que creíamos que se llamaba amor tiene mucho de genital e incluso huele mal a veces, que la familia es más una carga que una bendición, que la amistad es efímera y casi siempre interesada, y que lo que diferencia la edad infantil de la edad adulta es la conquista de una libertad que no se regala y que siempre se ha de pagar con la pérdida de la inocencia.

La forma más sabia de aceptar ese hecho y de narrarlo es con la pátina del humor. Un humor a veces cáustico, a veces irónico, que Rosario Villajos dosifica con sabiduría para imbuir de ternura una realidad áspera y descorazonadora como lo son todas las realidades que se viven durante la época más difícil de la vida.

Es una novela fresca, potente. Algunos pasajes tienen tanta carga poética que uno lee esas perlas casi con congoja. No ha debido de ser fácil para su autora librarse del corsé de tabúes antes de enfrentarse a ella. Algunos llevamos años luchando contra él sin acabar de vencerlo. Cuando uno intenta pasar la vida a un texto, casi siempre se ve obligado a cuidar las palabras, a adecentarla y esconder la basura para que no huela demasiado. Esa losa milenaria que es la cultura judeocristiana.

Algunos pasajes son una bofetada de realismo que uno agradece casi con un sentimiento masoquista.

Rosario nos lleva de paseo, casi de paseo con picnic por la vida de Ramona con una facilidad aparente, sin que nos demos cuenta de que es una trampa: el paseo campestre consiste en realidad en atravesar un laberinto de espinas.

Se lee en dos tardes. La brevedad de sus capítulos, que incitan a leer de inmediato el siguiente, combinada con un lenguaje asequible por lo cotidiano, ayudan a una lectura ligera y amena.

El texto está acompañado por una serie de ilustraciones, unos dibujos a plumilla hechos por la propia autora, que acompañan y refuerzan cierto vértigo: una sensación inquietante a lo largo de la narración.

Termino con una cita que escribió hace más de sesenta años José María Castillo Navarro, un autor casi olvidado de forma injusta. Una sencilla frase que sigue vigente y que Rosario Villajos ha intuido tal vez sin conocerla: «Cuanto más turbio es el tema, más limpia la mirada ha de ser de quien se atreve con él».

 

 

Rosario Villajos nació en Córdoba en 1978. Dedicó su infancia exclusivamente a dibujar y ver películas. Ha vivido en ocho ciudades diferentes, entre ellas Londres, donde tuvo un récord de permanencia de siete años. En 2017 publicó la novela gráfica FACE (Ponent Mon). Ramona es su primer libro con más de tres mil caracteres.

Actualmente reside en Alcobendas. Tiene un trabajo de oficina de cuarenta horas a la semana y veinticinco días de vacaciones al año.

 

 

 

 

VIAJE A CANARIAS Y EL RESTO DE LA PENÍNSULA
José Vicente Pascual
Editorial Alhulia
145 páginas

 

 

«La última década quedará ya para siempre significada como una de las más complicadas de la historia contemporánea española, por razón de la tremenda crisis económica aflorada a mediados de 2006 y manifestada en toda su virulencia a partir de 2008. A dicha vicisitud, tan dura y difícil de sobrellevar por muchos de nuestros compatriotas, siguió, por pura y humana lógica, una crisis social e institucional que ha puesto en entredicho la solidez de nuestras bases convivenciales. Ni la economía ni la política son lo que eran —posiblemente nunca lo vuelvan a ser—, y la relación de los ciudadanos con el Estado tardará mucho tiempo en restablecerse sobre el tono de colaboración y confianza que, por lo común, imperaba antes de todo diera impresión de desmoronarse.

Justo durante los años más duros de la crisis, el autor residió en distintos lugares de España, por motivos laborales: Granada, León, Barcelona, Sevilla, Carmona, La Coruña, Mallorca, nuevamente Barcelona y, como punto final, Tenerife. Este casi permanente estado de provisionalidad entre unas ciudades y otras, le brindó la oportunidad de conocer el pulso de los días en lugares muy distintos y en época tan compleja. Sobre tal experiencia fundamentalmente —aunque no exclusivamente—, con un acento que se pretende amable y esperanzado, versa el presente ensayo: cómo se vivió y sobrevivió a aquellos tiempos difíciles en enclaves muy apartados de la geografía española, incluidos los territorios insulares».

Hay algunos autores, no muchos, a los que uno acaba por coger el gusto y, si puede, procura leer de él hasta la lista de la compra, porque sabe que en ella va a encontrar Literatura. Este es el caso del novelista José Vicente Pascual.

Pascual es un escritor maduro ―ya tiene bastantes años (escribiendo)― y se enfrenta a este libro, creo yo, desde el hedonismo indiferente. No tiene nada que demostrar y sabe que con él no va a ganar ni a perder nada. No toca grandes temas y ni siquiera está definido el género. ¿Es un ensayo, un libro de viajes, un diario?

Viaje a Canarias y el resto de la península es, ante todo, un divertimento. Y así hay que enfrentarse a su lectura. Pascual ha llegado a un momento en el que puede escribir de lo que le apetezca, porque ha aprendido que escribir es una forma de llenar la vida y de dotarla de sentido. Y ya está.

Me lo he ventilado en dos tardes y la sensación que me ha causado es que el autor estaba a mi lado en petit comité contándome/contándonos de una manera desenfadada las anécdotas que ha ido recopilando en su vida nómada. Lo hace con desenfado, como buen conversador, hilando las historias con humor y con la ironía que solo se puede engordar habiendo vivido muchos años en Granada, y dejando al mismo tiempo pinceladas de ciencias sociales, de antropología y de la historia reciente de «este país».

Creo que es un acierto que el autor haya considerado que su peregrinaje, qua a priori no tiene nada de extraordinario, merezca ser rememorado, narrado y difundido.

Ha sido un placer de «leer por leer» que se corresponde, en perfecto diálogo, a su «escribir por escribir».Además ha sabido medir y encontrar el lenguaje justo para narrarlo, sin aspavientos de autor y sin pirotecnias ni perifollos. Es sencillo como sencilla es la portada.

Exento de egos de autor que cansan de tan frecuentes, ese encontrar la voz justa que pide cada historia para hacerla única protagonista es, entre otras cosas, lo que define a un escritor elegante y de categoría.

Aunque escriba la lista de la compra.

 

 

 

LA SOLEDAD DEL TIEMPO
Alberto Guerra Naranjo
Editorial Guantanamera
305 páginas.

 

 

Me interesé por este autor cubano después de haber leído un maravilloso cuento suyo titulado «El pianista del cine mudo» que resultó ganador este año del Premio de Relatos cortos «José Nogales». Es un prestigioso certamen con una importante dotación económica. El escritor fue invitado por la Diputación de Huelva para recoger el premio y aprovechó para hacer una presentación de su novela. Dolo Vidosa, una amiga escritora onubense tuvo la amabilidad de comprar la novela y de enviármela.

No se dejen engañar por la imagen de la portada. A decir verdad, si hubiese visto esta novela en el escaparate de una librería, tal vez habría pasado de largo. La elección de la imagen no merece, a mi modo de ver, el texto. En realidad responde a un juego privado del autor que tiene su lógica, pero el autor olvida que la portada de un libro ha de ser todo menos privada. Es, por el contrario, la imagen que tiene que representar y vender su obra.

Salvando estos detalles ―no tan menores― de forma, que creo que solo perjudican la difusión de la novela y que pueden subsanarse con facilidad en posteriores ediciones, centrémonos en su contenido que es lo que de verdad importa.

La soledad del tiempo retrata una sociedad habanera de no hace mucho en la que conviven los pícaros cubanos modernos tan integrados ya en el imaginario colectivo, con un submundo de escritores buscavidas cuyos destinos son dirigidos por gestores culturales burócratas personificados en el magistral personaje de Emilio Varona, un escritor endiosado, instalado en un trono de paja pero que le permite mover los hilos de premios literarios, de publicaciones oficiales, de viajes, de antologías y de reconocimientos de una turba de escritores casi mendigos.

Los protagonistas son tres amigos escritores: Sergio Navarro es uno de ellos; escritor, pobre y negro, es el único que tiene nombre. Los otros dos son M.G., gerente de una empresa, y J.L., un buscavidas estafador.

Las andanzas de los tres compadres intelectuales por las calles habaneras me han recordado por fuerza la magistral novela «Tres tristes tigres», del también cubano Guillermo Cabrera Infante, solo que en lugar de situarse en un contexto prerevolucionario, lo hace en uno postrevolucionario, la era del desencanto post-Fidel.

Las aspiraciones de los protagonistas se limitan a comer cada día, acostarse cuando buenamente se pueda con mujeres bonitas, y que les hagan algún caso en los circuitos literarios. Cualquier cosa con tal de olvidar la miseria.

Guerra Naranjo describe una Habana llena de vitalidad, con unos personajes potentes, donde la necesidad de supervivencia aplasta tanto como el calor asfixiante y donde se sigue viendo al yuma, al extranjero, como un oasis de salvación por el que nadie duda en entregar la dignidad. Las mujeres ―cómo no― en forma de su cuerpo y los hombres como puedan, bien sea en forma de la honestidad propia, bien con el cuerpo de sus hermanas.

Que un yuma invierta en un negocio asociándose con un cubano, que un editor europeo acepte hacer de mecenas, o que un turista se lleve a la chica cubana a vivir Madrid tienen el mismo valor de oasis salvador. Por conseguirlo son capaces de las peores bajezas.

El que consigue cien dólares con algún negocio turbio corre a gastárselo en cervezas o en putas como si el dinero quemase. Una vez más, cualquier cosa con tal de olvidar la miseria.

La novela es moderna; la narrativa vívida. En ella conviven conceptos tan actuales como metaliteratura y autoficción.

Guerra Naranjo sabe hacer malabares con las palabras, malear el texto con una plasticidad deslumbrante que hace que uno se beba literalmente los capítulos. (En mi caso doscientas páginas de una sentada seguida para acabar de cien de otra sentada).

Como digo, es una novela de lectura ágil, en la que hay muchísima cultura. Si no fuese blanco, podría seguir la broma del propio autor y decirle que hay «muchísima cultura para ser de un negro», ya que el racismo hacia el escritor negro ―como si «escritor negro» fuese casi un oxímorom― es un tema latente en la novela.

Hay poesía oculta en la prosa, mucho sentido del humor y alguna que otra gamberrada casi pornográfica como los deliciosos capítulos dedicados a Atencio. El final es demoledor.

Recomiendo la lectura de La soledad del tiempo bajo mi responsabilidad.

Guerra Naranjo es un escritor deslumbrante, una primera figura en Cuba que se ha esculpido a sí mismo como escritor y, para mí, ha sido un descubrimiento enorme ante el que me quito el sombrero con sumo respeto.

Alberto Guerra Naranjo (La Habana, Cuba, 1963). Es licenciado en Historia y Ciencias Sociales, escritor, profesor de guiones, guionista, promotor cultural. Tiene publicados los libros Disparos en el aula (Cuba, 1992), Aporías de la feria (Cuba, 1994), Blasfemia del escriba (Cuba, 2000 y 2002), Con tato cubano (Brasil, 2013), Rapsodia para los amantes del segundo piso (Argentina, 2015). Ha obtenido dos veces el importante premio de cuento de La Gaceta de Cuba. Varios aparecen en antologías y revistas junto a los de Jorge Luis Borges, Juan Rulfo, Andrei Tarkovski, Vladimir Nabokov, y han sido traducidos al inglés, portugués, italiano, alemán, francés, finés, checo, croata y chino mandarín.

 

 

ISLA DE LOBOS
José Vicente Pascual
Editorial Versátil
224 Páginas
Premio Valencia Alfons el Magnànim de Narrativa 2016.

 

 

Isla de Lobos es la crónica de un viaje fantástico: Manuel Torga es como un Gulliver desmemoriado cuando llega a Luggnagg, el país cuyo monarca tiene la costumbre de recibir a sus visitantes obligándoles a arrastrase por el polvo y en el que moran los «struldbruggs» o «inmortales».

Otra referencia más reciente ―aunque bastante superficial― podría ser aquella noticia aparecida hace unos diez años que relata la misteriosa aparición en las costas de Kent de un náufrago que no recuerda su nombre pero que dibuja un piano y cuya historia fue aprovechada por los tabloides para construir una leyenda tan sugerente como efímera.

Las algo más de doscientas páginas de Isla de Lobos se hacen cortas. Uno podría leerlas de una sentada pero opta por alargarlas para extender su disfrute. Porque cada una de sus páginas tiene «chicha literaria».

Jose Vicente Pascual ―el astuto Pascual― tiene el don de dominar una prosa potente, sabrosa, sazonada con una erudición contenida, medida para no abrumar, cuajada de giros y expresiones arcaicas que funcionan como una máquina del tiempo.

El autor, apoyándose en estos artificios del oficio ―perdónese el vicio―, nos transporta con una eficacia sin par a lo que él llama «un improbable siglo XVIII», pero que bien podría ser cualquier otro siglo ya que en la Isla de Lobos no se nombran los años con cardinales para de esa forma intentar olvidarse de la maldición del paso del tiempo y porque allí hay quien ha descubierto que el tiempo no pasa igual para todos.

Siguiendo la misma lógica de situar la historia en un plano de realidad onírico-mágico, la Isla de Lobos, que se sitúa entre las Canarias, las Azores y las caboverdianas, podría estar en otro océano ―léase en otro mundo o en este pero en otro plano de realidad―, ya que no parece ser una isla anclada al lecho marino sino un universo independiente en sí mismo y evitado por los navegantes y por los gobiernos al ser un sitio maldito. Parece funcionar como una isla flotante, un trozo de balsa volcánica condenado a vagar ad aeternum por una especie de purgatorio marino hasta que acaba por deshacerse, solo en el momento en que sus habitantes aprenden a aceptar que el destino de cada uno es ineludible.

Los personajes son potentes. Parecen forjados en el mismo caldero de lava hirviente que duerme y amenaza bajo el subsuelo de la isla: la negra Esmeralda, Doña Aguas Santas Rivero, Albabella, Ramiro el contador de olas… ¿Es la isla la que hace así a la gente? Al fin y al cabo: ¿no somos como somos, en parte debido al lugar donde vivimos?

Entre todos ellos tejen una historia tan simple como inquietante, en la que la tensión se mantiene desde la primera hasta la última página.

Esta novela fue merecedora ganadora del Premio Valencia Alfons el Magnànim de Narrativa 2016.

Es una lectura recomendable para toda mena de lectores.

 

 

SOLENOIDE
Mircea Cărtărescu
Editorial Impedimenta.
772 páginas.
Traducción de Marian Ochoa de Eribe.

 

 

Conocía y seguía al autor de quien ya había leído cuatro libros. Unos mejores que otros. El mejor hasta la lectura de este, fue sin duda «Nostalgia», un libro de relatos largos.

Es un escritor que me atrae por su estilo muy personal y por su audacia. Uno de esos que muestran puertas y caminos a otros escritores. Además tiene un sentido del humor que reconozco muy cercano.

Ya son numerosas las reseñas que se han publicado sobre «Solenoide» y todas coinciden en que se trata de «alta literatura».

«Solenoide» es un libro que ha sido anunciado y presentado con mucha pompa.

Este es uno de los comentarios de la presentación:

‘Tras leer Solenoide, en cierto modo tu vida se corta en dos, dejas de ser un lector común, como al leer a Homero, Kant o Heidegger.’ (Gabriel Liiceanu) Considerada por la crítica la obra más madura de Mircea Cărtărescu hasta el momento, Solenoide es una novela monumental, deslumbrante, en la que resuenan ecos de Pynchon, Rilke, Borges y Kafka.

El leer semejante autobombo pirotécnico produjo en mí un efecto contrario al deseado: no me gusta que me digan que voy a ingresar en el selecto club de los lectores elegidos porque me dispongo a leer un libro «fetén».

Puedo contar con los dedos de una mano las novelas que realmente me han hecho cambiar como lector.

Por lo tanto, comencé la lectura con ciertas reservas.

Al igual que en otros libros que son escritos con la consciencia de «gran empresa» u «obra monumental» por parte del autor, me parece que cae en los mismos excesos: el querer meterlo TODO. Absolutamente TODO.

Pienso en «Ulysses» de Joyce, en «La vida, instrucciones de uso» de Perec, y en «2666» o «Los detectives salvajes» de Bolaño. Son todas ellas obras muy extensas en las que los autores han intentado darlo todo sabiendo que tenían mucho que dar y sin importarles lo más mínimo meter páginas densas y prescindibles, ya que no se trata de dar una novela más al mundo sino de darlo «todo», incluido lo prescindible.

En estos casos, y «Solenoide» es uno más, uno tiene que aceptar los términos del contrato: «El que quiera grano tendrá que comer paja» o dicho de otra forma: hay pepitas de oro escondidas en la obra pero para encontrarlas el lector tendrá que trabajar duro, hay que cribar mucha tierra. ¡No pretenderá que le salga gratis!

Si uno acepta los términos del trato no saldrá decepcionado. Encontrará alta literatura, encontrará formas nuevas de decir las cosas y píldoras de humor y de poesía escondidas en la prosa.

Es un libro diferente, que cambia con la mirada de cada lector pero probablemente es también un libro diferente para el mismo lector si este decide releerlo con pocos años de diferencia.

No hay contención. Algunas páginas son como esas cajas «sorpresa» que uno abre y salen disparadas en todas direcciones decenas de cintas de colores (literarias) y serpentinas (metafóricas).

Uno no lee este libro para «pasar el rato». Para eso hay muchos otros libros (demasiados).

Uno lo lee para medirse con él, como quien corre una maratón. No me creo que nadie disfrute corriendo cuarenta y dos kilómetros aunque el resultado le produzca muchas satisfacciones personales. Uno lo lee para estudiarse a sí mismo y observar todas las pequeñas sensaciones que van surgiendo durante todo ese recorrido que Cărtărescu nos propone como guía.

Se podría etiquetar este libro dentro de lo que se da en llamar «literatura del yo», tan de moda en la última década, ya que Cărtărescu es el sosia del protagonista o al revés. Una biografía real o impostada, poco importa, de un escritor fracasado metido a profesor de rumano en un instituto.

Si hay algún derecho que le queda intacto a los escritores es el de poder reinventarse, el de poder mutar en la versión de uno mismo que se decide exhibir. Igual que en esta novela, el lector comprometido tiene el derecho y casi el deber de convertirse en un escritor frustrado metido a profesor de rumano en un instituto durante el tiempo que dura la lectura.

En la tercera o cuarta página, el narrador ―por supuesto el tratamiento es de forma íntegra en primera persona― se marca una larga parrafada hablando de su ombligo. En realidad es el libro entero el que habla del ombligo del autor/protagonista, pero lo hace desde muchos puntos de vista: un análisis casi psicoanalítico de la infancia, un tremendo esfuerzo de memoria para recuperar sensaciones de una sutileza infinitesimal que hemos olvidado todos desde hace décadas pero que vamos a reconocer porque son universales, la indescriptible precisión de los sueños…

Leyendo este libro uno llega a intuir verdades que sabe que existen, como la cuarta dimensión, pero sabiendo que nuestro cerebro no tiene las herramientas necesarias para una comprensión plena y que por lo tanto, igual que de la cuarta dimensión, solo podemos entrever algunas proyecciones en tres dimensiones.

No os dejéis engañar por la historia del solenoide que pretende presentar que hay una trama. Si la hay, no tiene ninguna importancia. El solenoide no es más que una excusa para plantear preguntas y mostrarnos la multiplicidad de las posibilidades de salidas.

Esta es una «novela-río» y pondría la mano en el fuego y aseguraría que el autor no tenía ni idea de dónde iba a llevarle ese viaje cuando lo emprendió. Que ha ido improvisando de una manera exitosa y magistral porque probablemente «él lo vale».

Durante toda la lectura me ha acompañado la sensación de que Cărtărescu ―o el narrador, hemos quedado en que poco importa― estuviese en el centro del paraninfo de una escuela de medicina, acostado desnudo sobre una mesa de autopsias y que con una mano sostuviese una lámpara que arrojase sobre su cuerpo una luz cenicienta y con la otra se practicase incisiones muy precisas y fuese sacando de su interior tajadas de los diferentes órganos y los muestra a la audiencia con todo tipo de explicaciones, y sigue con los humores, con los huesos, con órganos enfermos o putrefactos o atrofiados, pero también con insectos prehistóricos, con arañas, con fotografías antiguas, con fragmentos de objetos misteriosos y con fetos momificados de sí mismo.

Uno se puede llegar a sentir abrumado de semejante derroche de imaginación y que Cărtărescu sea capaz de mantenerlo con la misma intensidad durante casi 800 páginas.

Tal vez, las claves de la lectura y del estilo nos las da el propio Cărtărescu al principio del capítulo 45, casi al final del libro:

«La ambigüedad esencial de mi escritura. Su locura irreductible.

»He estado en un mundo que no puede ser descrito ni, sobre todo, comprendido ―en la medida en que pueda ser abarcado de verdad― si no es a través de una escritura diferente. Pues una cosa es la revelación, y otra, el proceso tortuoso de ingeniería invertida que supone la verdadera comprensión».

Por cierto, si llegas hasta este capítulo (45), es una deslumbrante versión del Nuevo Testamento: a leer con especial atención.

De hecho, Cărtărescu parece moverse con la misma soltura en el ámbito del realismo que cuando se sumerge en lo intuitivo, en lo onírico.

Finalmente para ti, que estás pensando si leerte o no semejante tocho, he aquí tres claves que te deberían ayudar a decidir:

1. Hay que ser un lector muy maduro y experto para disfrutar de este libro.
2. Hay que tener mucho tiempo y poder disponer de él en estado de máxima concentración.
3. Hay que aceptar que las cosas no se las dan mascadas al lector.

Si cumples con estas tres condiciones, «Solenoide» no te va a defraudar: es una grandísima obra.

Si no cumples con alguna de ellas ―una sola―, ni lo intentes. Hazme caso. No la acabarás o será un suplicio.

Por último, si eres escritor tienes que leerla.

Aprenderás que hay otros caminos y que tú nunca serás capaz de acercarte a ellos ni de lejos.

Pero no porque sean mejores que los tuyos ―que posiblemente lo sean― sino porque son SUS caminos y nunca podrían ser los tuyos.

 

ALMIRANTE EN TIERRA FIRME
José Vicente Pascual
Editorial Áltera
258 páginas
I Premio "Hispania" de novela histórica

 

 

 

Ha llegado a mis manos, casi en primicia, la novela Almirante en Tierra Firme, de José Vicente Pascual. Digo que en primicia porque me la ha enviado muy atentamente la editorial (Altera) antes de ser distribuida en librerías.

Del arte y del oficio de José Vicente Pascual me habló muy bien mi amigo José Carlos De la Cueva, quien despertó mi curiosidad por este autor que, si bien no es ningún principiante, yo no había tenido el gusto de leer hasta ahora.
Esta novela ha sido la ganadora del I Premio Hispania de Novela Histórica. Está ambientada en el siglo XVIII, en Cartagena de Indias, y narra la vida y peripecias del militar y marino español terror de la marina inglesa, Don Blas de Lezo, conocido como «Patapalo» o como «Medio hombre», por ser cojo, manco y tuerto debido a múltiples heridas en combate.
He de decir que Almirante en Tierra Firme fue leída casi de una sentada, lo cual provocaba constantemente leves sensaciones de culpa por la duda de si no me estaba dando el tiempo suficiente para deleitarme con el sabor de cada uno de sus párrafos. El narrador es Miguel Santillana, un excontrabandista al servicio de Blas de Lezo, que Pascual ha sabido elegir con suma astucia, ya que nos transporta con su lenguaje y sus maneras al estilo de los personajes de la novela picaresca del siglo de oro, tan asumida en la cultura del español medianamente leído. Como no puede ser de otra forma, este sabio recurso confiere a la novela mucho cuerpo y credibilidad. Pascual utiliza una prosa hipnótica y cautivadora que imita los hablares de la época, aderezándolos con giros y expresiones que uno no sabe si son inventados o aprendidos de textos antiguos, pero que en cualquier caso transportan al lector a las colonias de ultramar de la época o a la imagen colectiva que podemos tener de ellas. El autor demuestra una gran madurez en todo momento porque no solo se preocupa de lo que cuenta: una novela histórica se debe en gran medida al rigor de la veracidad de la época, del escenario y del personaje. Lo que hace grande esta novela es que Pascual se ha preocupado ―¡y cómo!― en cómo se cuenta la historia. Cada página de este libro, elegida al azar, se sostiene como un ente sólido e independiente de una alta densidad en calidad literaria así como en frecuentes hallazgos estilísticos, y soporta con holgura cualquier comparación con los grandes. Pascual no deja nada al azar, no solo en lo que respecta a la documentación, sino en lo formal: se intuye que vuelve una y otra vez sobre el texto, de forma obsesiva, bordando con maestría cada frase hasta tejer una cadena narrativa que despliega, sin arrogancias, elegantes propiedades magnéticas. No olvida la importancia de aderezar con frecuentes toques de humor. Si tuviese que utilizar una sola palabra para definir a Pascual como escritor elegiría «perfeccionista».
Almirante en Tierra Firme (tengo que admitir que en principio el título me pareció poco atractivo, cosa que tras la lectura de las primeras páginas no tuve reparos en olvidar) es uno de esos raros libros que uno siente acabar, y con los que uno queda agradecido porque nos enseña el camino a seguir a los que intentamos avanzar en el noble camino de la palabra.
SINOPSIS:
Cartagena de Indias 1741. El contrabandista Miguel Santillana, convertido por azar en lacayo de don Blas de Lezo, relata los prodigiosos acontecimientos en los que se vio envuelta Tierra Firme durante el asedio al que le sometió el almirante inglés Edward Vernon y su poderosa armada. Superando toda suerte de penalidades, incluidas las tretas del propio virrey Eslava para desprestigiarle ante la corona, el almirante español consigue salvar un enclave crucial del impero español y consolidar su leyenda de marino gallardo en toda Inglaterra, a pesar de su condición de lisiado de guerra (Lezo era cojo, manco y tuerto). Sin embargo, en la distante corte de Madrid las cosas se podrían estar viendo de otra manera.

 

 

SECRETOS DE FAMILIA
María José Amador Montaño
Editorial e.d.a.

 

 

María José Amador no es ninguna transgresora. No es una aventurera del relato ni debemos esperar de ella que se tire sin paracaídas.

Por el contrario, es una constructora de cuentos madura, muy leída, de corte clásico, que mide los tiempos con sabiduría, sabe callar cuando corresponde, y sabe sugerir cuando lo pide el texto.

Leer sus relatos es un placer apacible. Son cuentos sin aspavientos ni artificios; en los que la escritora sabe ocultar o matizar su voz para no interferir, para dejar hablar a sus personajes y que la historia fluya.

No es fácil ese ejercicio de equilibrio y discreción; está a la altura de pocos. Hay que saber escribir muy bien para poder contenerse y no permitir que el brillo de la prosa ciegue al lector.

Sus personajes son modelados más que tallados y, a fuerza de detalles en apariencia nimios, aparecen con toda su carga de humanidad hasta que son tan creíbles que parece que fuesen de nuestro entorno real.

«Secretos de familia» es una recopilación de catorce relatos, la mayoría de ellos premiados en certámenes. Son historias «casi posibles», como explica en el texto de la contracubierta, por las que desfilan obsesiones personales de sus personajes, secretos íntimos, miedos, locura, muerte, y otros pequeños naufragios cotidianos de gente que podrían ser nuestro vecino de escalera o nuestro compañero de trabajo.

Cuando uno acaba el recopilatorio, se da cuenta de que María José Amador ha sabido seleccionar con sabiduría unos cuentos que se complementan entre sí y con los que consigue completar un trabajo casi de disección del género humano.

Leerlos ha sido, repito, un placer apacible. Como diría Forrest Gump, «una caja de bombones con una sorpresa escondida en el interior de cada uno».

El libro se puede adquirir en la página web de la editorial EDA.

 

EL OPROBIO DE SENTARSE SOBRE UNA SILLA WASSILY

Jack Babiloni

XXXI Premio Internacional de Cuentos «Max Aub» 2017

 

El cuento fue galardonado con el XXXI Premio Internacional de Cuentos «Max Aub» 2017, probablemente el certamen de cuentos más importante de España. Un gran acierto por parte del jurado.

Solo diré que aún estoy impactado. Leo cientos de relatos cada año y este, señores, no es de este mundo. Solo puede haber sido escrito por alguien que haya observado la humanidad desde fuera y durante mucho tiempo. O que sepa cosas que los demás ignoramos. Cosas relevantes.

Jack es un escritor con mayúsculas. Una mente libre de encorsetamientos y con una clarividencia fuera de lo común. Para mí está entre los más grandes y de ahí no hay quien lo mueva.

Quien me conozca un poco sabe que eso no se lo digo a cualquiera.