la casa a cuestas

A José María, mi padre, como no podía ser de otra manera.

La única pertenencia que heredé de mi padre tras su muerte fue el caparazón de una tortuga marina.

Un hermoso ejemplar de carey, negro café veteado con aguas pardas, como si sobre ella se hubiesen caligrafiado caracteres de una escritura secreta o de un jeroglífico. Un objeto singular que tiene algo prehistórico; no más de dos kilos de materia orgánica ordenada por la poética caprichosa de la evolución. Se diría que su superficie hubiese sido pulida y encerada con esmero por un artesano que disponía de todo el tiempo.

No tuve otra herencia, aparte de una serie de principios morales con los que he intentado alumbrar el camino de mi vida. Entre ellos, me inculcó la idea de que la palabra dada con un apretón de manos vale más que un contrato refrendado ante notario. Aún hoy, muchos años después de su muerte, sigo esforzándome por creer que estaba en la verdad.

Mi padre era marino mercante; mecánico naval. Se pasó media vida dentro de grandes salas de máquinas, en los tórridos vientres de los cargueros, intentando conservar el equilibrio mientras apretaba un prensaestopas o engrasaba una válvula en medio de un temporal. Acabó por tener los pies abiertos hacia fuera, como señalando las diez y diez, porque era la mejor posición para descender las escalas con rapidez si tenía que llegar hasta las calderas —en las entrañas del monstruo— para solucionar una fuga de aceite o cerrar un grifo de combustible.

Desembarcaba una semana cada seis meses. Era tiempo suficiente para conocer a su nuevo hijo recién nacido o para engendrar otro. Llegaba a casa con su ropa para lavar —el olor a gasoil perduraba hasta semanas después de su partida— y con su incipiente sordera cada vez más pronunciada a causa de convivir con el rugido de los motores. Cuando entraba en la casa, entregaba a mi madre su magro sueldo sin tan siquiera haber abierto el sobre para reservarse lo poco que se gastaba en tabaco.

En una de aquellas ocasiones, durante una corta escala en Cádiz, llegó a casa con el caparazón de la tortuga. Era una parada técnica mientras hacía la ruta desde Malabo, en la antigua Guinea Española, hasta el puerto de Barcelona. Se lo había comprado unos días antes a unos pescadores en una playa en la isla de Fernando Poo. Mi padre nunca aprendió a negociar pero, por aquel principio de los años sesenta, los pescadores guineanos —tan pobres como él— tampoco estaban aún resabiados en el arte del regateo. Cambió aquel caparazón y un collar hecho con pequeñas piezas de marfil tallado, por una radio transistor que funcionaba con pilas, a pesar de que a aquellas costas remotas apenas llegaba la señal de ninguna emisora.

Mi padre renunció de esa forma a la compañía de la pequeña radio en las largas noches de los puertos extranjeros. Hasta entonces escuchaba músicas desconocidas para él, y los locutores le hablaban en idiomas cuya letra no comprendía, pero cuya música tenía una calidez que le bastaba para someter la soledad en su pequeño camarote. De esa forma procuraba conjurar el insomnio de las ardientes noches tropicales, e intentaba olvidar las millas y los temporales que le separaban de los suyos. Mientras, las cucarachas deambulaban silenciosas bajo el camastro buscando no se sabe bien qué en los rincones más oscuros de la cabina; tal vez solo procuraban un poco de aire fresco, un bien escaso.

Canjeó su radio por aquel caparazón con la ilusión de sacar un poco de dinero extra para comprarnos un par de tabletas de turrón y algunos regalos: la Navidad se acercaba.

El destino final de aquella concha debía ser una fábrica de gafas en Barcelona. Según le habían asegurado otros marineros más espabilados y expertos en  redondear los meses con el estraperlo, allí pagaban a buen precio los especímenes de calidad. Debía preguntar por el encargado, un tal señor Alós.

Antes de seguir su ruta hacia Barcelona con las bodegas del buque cargadas de maderas preciosas y de cacao, quiso enseñárnosla: sabía que aquel tesoro alimentaría la ilusión de unos niños que aún veían en su padre a un aventurero.  Cuando abrió el paquete, no solo vimos el caparazón de la tortuga; en su reflejo bruñido pudimos ver islas desiertas con sus playas cubiertas de cocoteros, batallas navales en la ruta del oro, naufragios, galeones piratas, y desfilaron ante el poder de nuestra imaginación de niños calamares gigantes, el Kraken, Leviatán, Moby Dick, y todos los monstruos que ocultan las profundidades de los océanos.

Unos días más tarde, cuando el barco arribó a Barcelona de madrugada, mi padre pidió permiso al capitán para desembarcar unas horas, y se dispuso a buscar la fábrica. Siempre se movió mejor dentro del estómago de un navío entre las crestas de las olas —por muy gruesa que estuviese la mar— que en las calles de una gran ciudad. Pasó la mañana preguntando aquí y allá y de autobús en autobús hasta que llegó a las puertas de la fábrica de gafas de Can Cottet, en L’Hospitalet de Llobregat.

El portero de la fábrica —andaluz como él— no le franqueó la entrada. Le preguntó qué deseaba de una manera que a mi padre le resultó muy profesional. Dijo: «¿qué desea?» y no «¿qué quieres?» o «¿qué buscas?». Mi padre dedujo que debía de ser charnego viejo, que ya se había catalanizado.

Convencido de que la visión de la tortuga ilustraría sus intenciones mercantiles, deshizo el nudo del cordel y abrió el paquete que había hecho con papeles de periódicos. Lo hizo con orgullo, como si estuviese a punto de concluir con éxito una importante misión que le hubiesen encomendado meses atrás.

El portero echó un vistazo al negro rutilante que asomaba por el bulto de periódicos medio deshecho. Le bastó menos de un instante para reconocer su contenido. Como si tuviese costumbre, miró para otro lado y le dijo: «guarde eso jefe, aquí ya solo se trabaja con resinas y con materiales plásticos. Ya nadie paga las gafas de carey; ese tiempo ya pasó».

Mi padre no se rindió, y pidió ver al encargado, el señor Alós. Pronunció «señor Alós» con cuidado, con el respeto que se había ganado aquel nombre mítico entre los marinos más veteranos. El charnego le dijo que el señor Alós debía de llevar más de cinco años jubilado pero que, si quería, le podía dar la dirección de una casa de empeños donde no eran demasiado ladrones.

Mi padre embaló de nuevo el caparazón y regresó a su barco.

Aquella concha de tortuga estuvo durante toda mi infancia colgada en una pared del salón de mi casa. Hizo el viaje desde África, más una ida y vuelta de propina hasta Barcelona. Aprendimos a vivir con ella y fue testigo de los mejores y de los peores momentos de mi familia: demasiados ratos de estudio, insuficientes ratos de juego, algún disgusto adolescente, preparativos de comuniones y bodas, alguna muerte…

Durante la época de mi vida en la que pasé largos periodos en el extranjero, cada vez que volvía a casa, tras saludar a los míos, iba de inmediato a ver si la tortuga seguía en su sitio. Siempre seguía, claro. Se convirtió en una especie de punto de referencia; un noray al que amarrarse cuando uno llega a su puerto. Algo perpetuo y anclado de alguna forma a la casa, porque para mí representaba la casa, la familia y  mi infancia: todo en un único objeto.

Al fin y al cabo, como decía el poeta Rilke, nuestra infancia es nuestra única patria. La mía estaba ligada a aquella casa, y concentrada, como si de una insignia se tratase, en aquel caparazón de tortuga.

Hoy sigue colgado en una pared, pero en otra casa a orillas del Mediterráneo, muy lejos del caserón frío de mi infancia. De alguna manera, con ese objeto, he conseguido poder trasladar mi patria donde quiera que vaya. Como la metáfora de la tortuga, que va con su casa a cuestas.

He olvidado si aquella Navidad comimos turrón o si tuvimos regalos. Supongo que los Reyes Magos improvisaron alguna bagatela para salir del paso. Hoy, cuando ya he rebasado con creces la edad que tenía mi padre por aquel entonces, y a más de dos décadas desde su muerte, aún evoco su imagen caminando desde L’Hospitalet hacia el puerto de Barcelona con la concha de una tortuga marina sin valor bajo su brazo, envuelta en una bola de papel de periódico arrugado y atada con un cordel.

Lo imagino con sus pies abiertos como apuntando las diez y diez, moviéndose deprisa —buscando la estabilidad líquida de su barco—  vestido con su ropa buena pero oliendo a gasoil. Tal vez mirando hacia el suelo, considerando en silencio qué otra alternativa le quedaba para juntar algunas pesetas antes de que llegase la Navidad.

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Este texto ganó en 2020 el XXVII Certamen de Cuentos “Villa de Moraleja”.

Posteriormente fue publicado en la antología Y nos dieron las doce y en el diario La Nueva Crónica de León.