La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie

Novela ganadora del XXII Premio de Novela “Vargas Llosa” organizado por la Cátedra “Vargas Llosa” de la Biblioteca Virtual “Miguel de Cervantes”, la Universidad de Murcia y Caja del Mediterráneo.

Se puede comprar pinchando aquí.

 

SINOPSIS

 

Un joven artista español afincado en París cuenta los días que faltan para el concierto del mítico trompetista Dizzy Gillespie. Cuando al fin llega, una muerte inesperada le impide asistir.

Músicos, pintores, escultores, poetas de vanguardia, fotógrafos, pero también comerciantes de droga y de arte, vagabundos, inmigrantes, personajes de prostíbulo o del cine porno son retratados en esta novela con cariño y con humor como componentes del micromundo que construyeron en los años ochenta los llamados «artistas de vanguardia» y su entorno.

La búsqueda de la identidad a través de la inclusión en el grupo, la búsqueda de un sentido a la vida, el carácter efímero de la libertad, las obsesiones personales, el arte contemporáneo como «acto de fe», son los temas centrales de La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie, tratados siempre con una mezcla agridulce de humor y realismo, con un trasfondo de jazz suave en blanco y negro y con la pátina de nostalgia que imprimen los treinta años que transcurren desde los hechos narrados hasta el acto de la narración.

 

 

COMENTARIOS y RESEÑAS

 

“La novela traza un vívido cuadro impresionista de la bohemia parisina de los años ochenta, ofreciéndonos una galería de personajes variopintos que, con sus vidas extravagantes y marginales, con sus inquietudes, fracasos y alegrías, se van incorporando al retrato sentimental del joven narrador, que consigue, sin aparente esfuerzo, la complicidad del lector”

Soledad Puértolas (escritora, académica de la RAE, miembro del jurado)

 

“A La noche que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie hemos sido invitados todos. En primer lugar porque toda la novela se desarrolla como una de esas agradables charlas que se mantienen con un amigo, tomando una o muchas copas, en un lugar sin importancia salvo porque, en él, el tiempo no tiene nada que decir. O quizá todo lo contrario, en un lugar donde el tiempo se vuelva poderoso, se exceda de sí mismo y sepa expandirse y contraerse en el ayer y en el presente sin esfuerzo, contándonoslo todo, lo de entonces y lo de ahora, en una sola conversación. Y es que, mientras bebemos esa o esas copas, cada capítulo nos va a contar una historia que se engarzará, perfecta como la más perfecta perla en el más perfecto collar, a lo largo de una noche memorable vivida hace treinta años. No nos daremos cuenta de ese viaje, porque el autor logra desde el principio que quien le lea intervenga en cada historia, adentrándose en ella de esa forma mágica que sólo se consigue en los buenos sueños y en los grandes libros. Y, así, leyendo, te descubrirás allí, conociendo a la galería de personajes, dispares en todo pero aun así barnizados con el mismo y adictivo tono que se mantiene, intacto, hasta la última página. Ningún ser vivo que pasa por esta noche es más importante que otro, ni siquiera ese Dizzy que se vuelve hilo conductor de una noche insólita, ni siquiera, tampoco, el joven protagonista que, ya maduro, ha sabido trasladarte con él al París de los ochenta, y hacerte partícipe de sus emociones, de sus descubrimientos y del aprendizaje que, aún hoy, él sabe no concluido. Estoy convencida de que todo lector que abra esta novela y se conmueva, emocione, sorprenda y fascine con lo que vivió en París un joven artista hace tres décadas, tendrá un mismo deseo cuando llegue a su final: que el hombre que ha sabido trasladarlo a una imaginaria noche compartida con tal maestría, no deje jamás de escribir”.

Nélida Leal Rodríguez (escritora)

 

 

Lo memorable no es aquello que debe ser recordado, sino lo que merece ser transformado por la experiencia y el tiempo en un relato verosímil, la verdad de la ficción de nuestras vidas convertida en un referente fiable sobre cómo sucedieron nuestros pasos, la explicación de que hayamos llegado a ser lo que somos a pesar de lo que fuimos. Una vida sin reinterpretación es un expediente administrativo, o la descripción biológica de un proceso previsible: nacer, crecer, reproducirse y morir. Recordar, por el contrario, es nacer; volver a hacernos conforme a la lógica del presente en diálogo con la bruma del ayer. Es volver a encontrarnos sentido cuando la inmaterialidad del pasado ha arrebatado todo norte y todo sur a lo que hacíamos entonces, aquello que bajo la mirada de hoy (lo que hoy somos), no se sostiene ni en su propósito ni en su lógica (si es que alguna vez tuvo alguna lógica). Recordar es reconstruirnos con la cordura que nos faltaba y sin la pasión que nos sobraba.

Eso es justo lo que hace Antonio Tocornal en su notable, memorable novela La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie. Cuando París era París, más o menos la capital mundial de la cultura (pongamos a esa cultura todas las comillas que nos apetezca), un joven graduado en Bellas Artes, español por más señas, sumerge su existencia en la vorágine de la vida bohemia de la rive droite, entregado a una búsqueda cuyo objeto parece siempre importante pero nunca urgente. Estamos a principios de los años ochenta del pasado siglo y ya apenas hay nada que descubrir, ni en París ni en el mundo. Los viejos dirigentes del 68 han engordado, han conseguido aposentarse y llenar los bolsillos (unos más y otros menos), aunque ninguno ha renunciado a las chaquetas de pana, la barba de ocho días, los cafés de siempre, los eventos culturales más vistos que los semáforos y, por supuesto, la suscripción a Liberation. Sobre las ruinas del París revolucionario (pongamos más comillas), bajo cuyos adoquines brillaba el verde esmeralda de los mares más hermosos del planeta, continúan pululando inquietas tribus de derrotados, gente digna en su miseria y sabia en la aceptación del absurdo. Tal como afirma el autor: “Era la elección existencial de vivir de forma permanente en la revolución: una revolución íntima, autosuficiente y con la palabra derrota grabada en una hoja de afeitar o escrita con una tinta dulce y amarga al mismo tiempo. Una tinta que nunca se secaba…“.

Un fotógrafo ciego que triunfa discretamente en las salas de exposiciones, gracias al devanarse de sesos de “la intelectualidad” ante las manchas desenfocadas que cuelga de las paredes; un artista italiano llamado Franco (“como Francisco en España”, aclara para eludir malentendidos), que se gana la vida trapicheando con drogas y prestando su automóvil funerario para el traslado de obras enmarcadas, esculturas y toda clase de materiales necesarios a los afanes de la golfemia parisina; otro fotógrafo (éste con la vista intacta, a Dios gracias), dedicado al retrato erótico, quien consigue una perfecta expresión de repugnancia en todas sus modelos, por motivos inconfesables que los “entendidos” de turno identifican con el “hastío de la cultura occidental” y memeces semejantes; un poeta, estudiante frustrado de alemán, que escribe haikus en turco; una monja de año sabático dedicada a la industria del cine pornográfico… Son algunos, no todos ni mucho menos, de los poderosos personajes que pueblan la novela de Tocornal: todos rehenes de su elección en la vida y todos cautivados por la posibilidad de que algún día, por alguna causa azarosa y feliz, podrían dejar de ser quienes eran, cejar en la búsqueda y reconocerse personas en conformidad con el mundo y, lo más importante, consigo mismas.

En tanto llega ese desvelamiento, el protagonista y su clan de gente creativa, desnortada y marginal, recorren los días y los paisajes parisinos con encomiable entereza, un tesón que a menudo resulta enternecer, otras veces hilarante y en ocasiones terrible. Enternecedor me parece, sin duda, esa vuelta al día en ochenta mundos evocada a través de esta lectura, imaginaciones de un escritor también enajenado en su momento por la promesa cegadora del arte, la afición a la música, el jazz y la trompeta. Hilarantes son algunos pasajes que entroncan con la tradición literaria española del esperpento, las noches duelistas de Valle Inclán y las crónicas de la golfemia madrileña salidas de la fina pluma de César González Ruano. Y terrible…, sin duda: terribles son los episodios en que la vida y la muerte, la banalidad de la muerte y la condena de la vida, caen sobre los personajes de esta novela como una maldición redentora, como absolviendo a cada uno de los actores mediante el compasivo eximente de la ingenua indocilidad. Hay en todo ello (al menos me lo ha parecido), un último acento barojiano existencial, un desánimo inteligente que recorre la novela como un susurro: vayas donde vayas y hagas lo que hagas, encontrarás lo que estás buscando.

Apabullante, épico el final ante la tumba de Jim Morrison en el cementerio más ilustre del mundo. Todo el que me conoce y sabe de mis afanes literarios (y alguno de mis viajes) durante los últimos lustros, también sabe que el escritor que se detenga siquiera cinco minutos en el Pêre Lachaise me tiene ganado. Tan ganado como me ha cautivado esta novela encantadora, ágil como el vértigo de una noche, densa como la memoria nectarizada en 200 páginas de texto; a veces tremenda, a veces divertida y casi siempre triste. Como la vida.

No se la pierdan.

José Vicente Pascual (escritor). Reseña publicada en el blog “Lejos de Ítaca”

 

 

Cuando se denuesta la autoficción, ese género misterioso e inasible, se olvida que la creatividad de todo autor se construye desde sus vivencias, desde la memoria propia o impostada, desde la fantasía sostenida en el andamio de lo que fue posible y, por consiguiente, verosímil. La obra de ficción siempre se nutre de verdad, y la verdad pretérita, por definición, no es más que un entrevero de recuerdos y adivinanzas. Así nace “La noche en que puede haber visto tocar a Dizzy Gillespie”, la novela de Antonio Tocornal, que hace inventario de lo que un joven estudiante de Bellas Artes –él o su memoria de él- vivió o pudo haber vivido en el París de los años ochenta. Y, desde luego, bien que lo consigue: describir su realidad con la pasión del creador, adornar la verdad con lo hipotético, contarnos su memoria a través de unas letras, que siempre son fingidas porque nacen como arte y novela, pero que nunca dejan de traslucir honestidad y vida.

Los personajes de la novela entran y salen, dándose paso al final de cada capítulo, con una mención que sirve de encabezamiento del siguiente, como si cada uno tuviera la misión literaria de prologar a su consecutivo. Son personajes algo extravagantes, bohemios, vividores del París artista y cultural, y circundan al elusivo protagonista con la naturalidad que se consigue cuando se escribe sin zarandajas ni “truquitos”, cuando se escribe con raza. Dizzy Gillespie, paradójicamente, no existe más que a modo de Ítaca adónde debe recalar nuestro Prometeo, porque esta novela se convierte, ante todo, en un viaje sin moverse de la capital francesa: el itinerario sentimental de un joven, representado por una noche de jazz que, igual que muchas aspiraciones vitales, nunca termina de llegar. Fabuloso.

Hay mucho humor, uno ácido y subterráneo, y algo de tragedia cuando se detecta que, junto a la tramoya de lo excéntrico, pululan seres de carne y hueso, vívidos y sangrientos. Coincido en lo expuesto por un mejor reseñador, cuando engarza la novela con la tradición literaria del esperpento: “las noches duelistas de Valle Inclán y las crónicas de la golfemia madrileña salidas de la fina pluma de César González Ruano”, que escribe José Vicente Pascual. Y curiosamente, y seguro que sin fundamento, a mí se me han venido a la cabeza los beatniks, como si el viaje de Tocornal por París fuera el “On the Road” de Kerouac: un manifiesto de rebeldía y paréntesis vital, mediante el que se resiste a ser engullido por la sociedad y sus esclavitudes. Hay mucho de magia y expectativa en la novela, tal vez porque el truco final nunca acontece y la verdad no se concreta, y quizás no se concreta porque el autor ha llegado a la conclusión de que esa verdad se bifurcó hace ya mucho tiempo y sólo existe en lo plural.

Entre música, pintura y letras, finaliza esta novela deslumbrante, sin conclusión ni moraleja, es decir, igual que empezó: libre de doctrinas y sin más vocación que escribir verdad desde el recuerdo, o memoria desde la realidad. Y finaliza con la muerte, acaso surrealista o paródica, pero muerte al fin y al cabo, y con la constancia de un “vínculo sagrado”, “una fuerza intangible”, una “energía que define a los personajes como grupo”. Finaliza en “la hora en que todo empieza y todo acaba”. Hacía tiempo que no me entusiasmaba tanto una novela, quizás porque la he leído con la virginidad de quien no busca nada, no exige nada, y de repente, se encuentra con el todo de la mismísima LITERATURA.

Manuel Rodríguez (escritor y reseñador)

 

 

Leer este tipo de novelas es un gusto que no se paladea muy a menudo. Como un grueso biombo, La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie se desenvuelve sutilmente, parte a parte, ensamblando un inmenso retablo cuya imagen final no nos deja indiferentes.

Aunque, hay que ser sinceros: no soy muy aficionado a la novela de personajes y las descripciones exhaustivas de los mismos, sobre todo si no influyen directamente con la historia que se cuenta y se remiten a escenas pasadas y hasta biográficas que poco tienen que ver, en este caso, con la noche del concierto de Gillespie y la tragedia que el escritor decide como punto de inflexión narrativo. Pero descubrí, para alivio mío, que Tocornal nos bosqueja y disecciona formas, sombras e intenciones capítulo a capítulo, piezas que se transforman por momentos en soberbios relatos cortos, incluso cerrados. Y aquí radica la magia narrativa de Antonio Tocornal: los relatos mantienen hilos delicados tras los cortinajes de bambalinas, esperando su turno de aparecer en escena, y debo decir que la estructura filiforme que nos tiende Antonio ha sido pensada y ejecutada con precisión de relojería, como un solo del mítico trompetista de jazz al que se refiere el título.

La novela de personajes y su enumeración por capítulo funciona en una extraña argamasa que los conjunta hacia el final y así nos lo hace saber el autor, pero personalmente me quedo con la ingeniosa narración, justificando sutilmente y poniendo —no siempre— en su justo lugar al temido arte contemporáneo (en su mayoría basura), y lo que acompaña a estos personajes, historias que cargan consigo en su deambular por el París de las buhardillas sin ese toque romántico característico; perviven en el lienzo que Tocornal pinta con sus palabras y nos ofrece con humor negro continuos divertimentos. Aquí el autor no solo nos enumera intenciones genuinas de artistas que prueban con lo que les viene en gana, nos plantea de una forma ácida y hasta con humor, las razones que nos hacen pensar que, en ningún momento engañan, por más basura que sea ese mal llamado arte. Al final del día, el engañado es quien se cree ese arte (¡y lo compra!) analizando y convenciéndose de que contiene un valor intrínseco y universal, incluso extrapolando más que el propio artista (sorprendido). La sociedad que consume es básicamente la responsable de su existencia.

Hay una parte interesante cuando el narrador por fin se desnuda y decide contarnos su difícil infancia y azarosa adolescencia en San Fernando (Cádiz) y los vínculos tan difíciles y profundos que profesa a su lugar de nacimiento. El momento metafórico que transmite en su jaula del pasado con la jaula de la noche que nos narra en el presente quizá nos suene relacionado, quizá no. Pero lo cierto es que esta novela versa sobre jaulas físicas y metafóricas, muy acertadas hay que decirlo.

Por último, el jazz. Me gusta el jazz sin ser un gran seguidor de sus artistas, y agradezco que se sigan escribiendo novelas de este género que recuerde a sus grandes exponentes, pues ha vivido ajeno al mainstream, medio agazapado en la exclusividad «no es para todo el mundo ni para todos los oídos» y que de repente reflota —mal representado según los expertos— en películas soberbias como Whiplash de Damien Chazelle.

Conocí el mundo del jazz siendo muy pequeño, gracias a los grandes festivales que se organizaban —y se siguen organizando ahora en la Riviera Maya— en los años dorados del Cancún ochentero en Playa Ballenas. Mi padre solía contarme como, tras hospedar a los músicos en el hotel donde trabajaba como recepcionista, al terminar su turno se alistaba y corría a ocupar su lugar en las dunas de la playa para escuchar la sublimidad de Gato Barbieri, la guitarra inconfundible de Santana, el virtuosismo de George Benson, Al Di Meola y de muchos otros gigantes que pisaron las arenas de Cancún. No sé a ciencia cierta —y no hay datos en internet para corroborarlo, ni en el lamentable archivo histórico de mi ciudad— de que Dizzy se haya presentado, pero hay grandes probabilidades de que nos haya visitado en esas épocas del Cancún exclusivo. Y podría haberlo escuchado, pero aún era muy pequeño para que mi padre me llevara a respirar humos poco saludables para mis jóvenes pulmones entre la multitud.

Ya somos dos los que podríamos haber escuchado la trompeta torcida del mítico Gillespie.

Mauro Barea (escritor y reseñador) en la revista Relatos sin contrato

 

Me puse hace unos días a leer la segunda novela de Antonio Tocornal (Cádiz, 1964) y me encontré con un cambio de tercio tal —con respecto a su anterior trabajo— que dio para una entrevista y todo —muy pronto en Relibro—.

Antonio Tocornal nos escribe ahora de otra cosa, de otro tipo de vivencias que inequívocamente tuvo —aunque endulzadas de ficción para hacerlas así novela—, y, sobre todo, nos escribe de otra manera. Lo que cuenta y, especialmente, cómo lo cuenta, ha cambiado por completo. Podría fastidiar el momento y hablaros de mi preferencia por la lectura de novelas conexas, pero sería un vano intento de deslucir el atrevimiento de La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie, en la que la metodología empleada por Tocornal ha quedado bastante resultona.

De la novela al uso que fue La ley de los similares vemos ahora un conglomerado de capítulos que forman un todo, pero son tan independientes entre sí que casi pueden leerse en distinto orden e incluso como relatos sueltos. Ha creado una curiosa composición, que, a efectos de clasificación literaria, me recordó a Los cuadernos de un amante ocioso de Gastón Segura que, no nos olvidemos, nació de publicaciones periódicas en un blog.

Luego, la historia, creedme que puede suscitar interés «hasta al más pintado» de los lectores y nunca mejor dicho. Antonio Tocornal estudió Bellas Artes y vivió en París gran parte de la década de los ochenta y, pese a que ser lector suyo es el único vínculo que me liga a él, mucho me temo que llevó una vida social un tanto ajetreada entre artistas y otros personajes no menos estrafalarios. También es cierto que a una urbe como París, si se le quiere encontrar la bohemia, se le debe encontrar pronto, y, en este aspecto, Tocornal ha hecho maravillas. Estoy seguro que a Valle-Inclán le hubiera gustado leerle.

Jesús Rojas (reseñador) en el blog Relibros

 

 

 

Un buen amigo, hace unos días, con un café y un papelón de churros en la mesa:

—Oye, Fopi, me gustan mucho tus reseñas en Zenda. Pero hay algo que me choca un poco. Son demasiado generosas, suenan muy entusiastas. Todos los libros no te pueden gustar tanto.

Asentí, miré la taza de café y le di un trago. Los clientes y los amigos siempre llevan la razón, por lo que me vi obligado a reflexionar sobre el tema. Solo me atrevo a reseñar aquellas obras que me han llamado especialmente la atención. No escribo sobre todo lo que leo. De hecho, en las Navidades pasadas y en las primeras semanas del año han llegado a mis manos bastantes títulos, muchos de ellos promocionados hasta la saciedad en las redes sociales y colocados en los escaparates de las librerías más influyentes. Sin embargo, en esta ocasión, el culpable de que me haya animado a escribir la primera reseña de 2019 no ha sido ningún superventas con miles de euros de promoción a la espalda. Palabrita. No he sentido la necesidad imperiosa de reseñar una obra hasta que me crucé con la última novela de Antonio Tocornal.

Llevo siguiéndole la pista a este escritor desde hace mucho tiempo y lamento que aún no haya tenido la suerte de poder estrecharle la mano. Antonio se ha convertido en los últimos años en uno de los escritores más galardonados a nivel nacional. Por citar solo algunos ejemplos: ganador del XXII Premio de Novela Vargas Llosa, XIX Premio de Novela Corta Diputación de Córdoba, XVIII Concurso de Relato Corto Leopoldo Alas Clarín, XXXVIII Certamen de Cuento Corto Laguna de Duero, X Certamen de Narrativa Hoguera Plaza Maisonnave de S. Joan d’Alacant, XXI Concurso de Relato Breve Ciudad de Arnedo, V Certamen Literario María Carreira, XXIV Concurso de Cuentos Gabriel Aresti…

Claro que lo sé. Soy consciente de que es una aberración escrituril rellenar un texto con una lista de premios, pero creedme si os digo que he sido benévolo con todos vosotros y que he escondido otra docena de galardones detrás de esos puntos suspensivos. Es de justicia nombrar solo algunos, digo yo.

Con su última novela, La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie (XXII Premio de Novela Vargas Llosa), Antonio ha vuelto a dar un puñetazo sobre la mesa para recordar que su narrativa es una de las más elegantes de los últimos tiempos. Porque su experiencia no solo se refleja en la forma de moldear las palabras, sino que se hace evidente en sus reflexiones sobre el arte y todo lo que le rodea. Vamos a trasladarnos al París de los años ochenta para codearnos con músicos, pintores, escultores, poetas, fotógrafos, camellos, vagabundos y prostitutas. Vamos a sentirnos parte del movimiento cultural de la época y de esos llamados artistas de vanguardia, todo ello aderezado con uno de los mejores ingredientes que más suelo valorar de una lectura: el humor.

Si tienen el acierto de darle una oportunidad a esta novela (me lo agradecerán toda la vida) van a permitir que les regale un consejo: léanla con la música de Dizzy Gillespie de fondo. He de reconocer que nunca he sido un entendido del jazz, mucho menos del bebop, pero a medida que iba pasando las páginas, la curiosidad por este trompetista iba en aumento. Bueno, venga, vamos a escuchar algo de este hombre. Y si tengo algo que agradecerle a Antonio Tocornal, además de haberme hecho disfrutar con su estilo como un niño pequeño, es el haberme acercado hasta este maestro del jazz. Sus mofletes hinchados y su trompeta doblada ahora enriquecen mi vida. Es extraño, pero esta novela está envuelta en un aura de musicalidad y magia que la hacen destacar entre las demás. Os hablo de una de esas obras que a uno se le quedan grabadas en el recuerdo. De las que nos roban una sonrisa cuando vemos el canto del libro en la estantería.

Total, una gozada de lectura. Podríamos decir que La noche en que pude haber visto tocar a Dizzy Gillespie es una novela de identidades. Cada capítulo parece destinado a profundizar en cada uno de sus personajes (a cada cual más pintoresco), a la vez que nos invita a plantearnos cuestiones sobre lo que se puede entender por arte y lo que no. Debo ser honesto: no me considero con la madurez ni el nivel intelectual como para opinar sobre el arte conceptual. No tengo ni idea del avant-garde, el dadaísmo, el cubismo o el rayonismo. Nunca llegué a tener tanta clase. Hay veces hasta que me dejo el pijama debajo de la ropa cuando hace frío. Pero hay una cosa de la que sí puedo estar medianamente seguro: la última novela premiada de Antonio Tocornal es una obra maestra que están tardando en leer.

Daniel Fopiani (escritor y reseñador). Pincha para leer la reseña de Daniel Fopiani en Zenda”

 

 

Pincha para escuchar la entrevista radiofónica con María Vicenta Porcar y Ángeles Pavía en el programa “Pegando la Hebra”. 17/01/2019. A partir del minuto 1.18.

Pincha para leer la reseña de Fuensanta Niñirola en el blog “El placer de la lectura”

Reseña del escritor Gerardo Vázquez en su blog “Varado en la llanura”