Doña Críspula y las moscas del televisor

 

 

Catorce años llevaba encendido el televisor de Doña Críspula, mostrando siempre la misma imagen: un millón de moscas grises y negras, encerradas tras la pantalla, revoloteando en silencio.

Catorce años llevaba Doña Críspula sentada en la butaca de su salón, frente a la pantalla y a las moscas; en zapatillas de felpa, bata acolchada, y difunta.

Una capa de polvo de catorce años de espesor lo cubría todo ―televisor, butaca, y a Doña Críspula muerta―, haciendo que los colores se fundiesen entre sí y apareciesen como vistos por unos ojos con cataratas o a través de un vidrio arañado por el viento y la arena y del color amarillento de la ceniza mojada.

Tras la muerte de Doña Críspula, la ciudad siguió viviendo. Se sucedieron catorce otoños que llegaron detrás de sus catorce veranos; siguieron celebrándose algunas Nochebuenas discretas a pocos palmos de distancia, del otro lado de los tabiques, y algunas veces llamaron a su timbre, sin respuesta, unos pálidos y entusiastas testigos de Jehová.

También pasaron por allí, muy cerca, catorce verbenas populares, catorce carnavales, y catorce cuaresmas.

Durante ese tiempo, continuaron ingresándole el dinero de la pensión en su cuenta bancaria; suficiente para pagar la factura de la luz que permitía que las moscas siguiesen con el revoloteo incesante en su encierro, frente a los ojos secos del cadáver de Doña Críspula.

Si alguien ―uno que pasase por allí― durante cualquiera de las noches de esos catorce años, hubiese levantado la vista sobre la fachada de enfrente en el callejón, habría visto, apenas proyectado sobre los desconchados, el mismo temblor como de llovizna de un polvo luminoso; el mismo silencio vibrante que cada noche se repetía hasta que la madrugada lo acababa por disolver, y hubiera continuado su camino como si no hubiese visto nada o hubiese entrevisto tan solo el susurro de esa lluvia de luz lejana en la parte de atrás de su memoria.

El último día de su vida, Doña Críspula se pintó las uñas con esmalte rosa. El frasco de pintauñas, aún destapado sobre la mesita auxiliar, tenía el interior reseco y lleno de escamas de polvo rosa y junto a él yacía, también bajo el polvo, el tapón de rosca con las cerdas del pincel endurecidas.

El último día de su vida, con su breve futuro ignorado y la certeza tangible del brillo de sus uñas rosadas, Doña Críspula cenó macarrones frente al televisor ―entonces no había moscas― y luego murió despacio y en silencio; sin aspavientos. La pasta seguía ―deshidratada y negra― pegada al fondo del plato, pero aún era reconocible; igual que ella.

Nadie la extrañó.

Pasaron catorce años durante los cuales las moscas eléctricas iluminaban de noche el cuerpo presente de Doña Críspula con una luz azulada y trémula, y alumbraban la bata acolchada y las zapatillas de felpa, y nadie en el barrio la echó de menos.

«Al principio nos pareció extraño no verla por el barrio, pero pensamos que se habría marchado a una residencia».

«¿Una señora mayor con el pelo muy largo, blanco, y muy delgada? Me suena pero hace muchos años que no la veo».

«No salía apenas; era una mujer reservada; a veces entraba en la farmacia o iba hasta los solares baldíos a dejar comida para los gatos».

El forense explicó al juez que no era caso raro entre personas mayores que viven solas. Que si se dan unas circunstancias idóneas de baja humedad y temperatura, corrientes de aire, y si el cuerpo es de una persona enjuta o muere estando deshidratada, se puede momificar en un proceso natural sin que desprenda malos olores, ya que los líquidos desaparecen con rapidez.

Alrededor del cadáver de Doña Críspula se extendía, más ancho, el cadáver de su apartamento, muerto desde hacía más de catorce años, como todos los apartamentos del edificio; como todos los edificios del barrio: ruinas privadas ocultas en otras ruinas visibles.

El papel pintado se desprendía de las paredes en jirones, como la piel de un reptil. Las molduras de escayola del techo se habían ido soltando y, aquí y allá, se desperdigaban fragmentos blancos de ornamentos vegetales como en un yacimiento arqueológico doméstico. El caliche había solidificado los grifos y, por las cañerías, hacía años que crecía el óxido y pululaban insectos ciegos. De noche, las estructuras crujían en alguna coyuntura oculta tras tabiques y falsos techos, y no había nadie para oír los quejidos. Las colchas amarillentas, los cojines del sofá, las alfombras, eran el territorio fértil y apacible de generaciones de ácaros.

En la cocina, una ventana rota de un pelotazo lanzado por un niño que ya no lo era dejaba pasar un chorro continuo de aire frío en invierno y cálido en verano. Algunos trozos de vidrio habían caído dentro de una pequeña cacerola de aluminio que aún contenía el resto de los macarrones momificados.

Les costó trabajo abrir el portón de entrada. Las bisagras se habían soldado y en el suelo había una acumulación de sobres de propaganda electoral, notificaciones judiciales, avisos de correo certificado y burofaxes que al abrirse la puerta se movieron una sola vez, como una ola seca.

Fueron los operarios de la constructora los que la encontraron. Era el único apartamento que quedaba por vaciar antes de la demolición. Los demás inquilinos, otros ancianos solitarios como Doña Críspula, ya habían sido desalojados, desahuciados, o reubicados lejos de allí por la nueva propiedad; la que tenía la misión de modernizar, de renovar, de dignificar el barrio.

Tras el primer sobresalto, acompañado de un par de maldiciones, les bastó una mirada y media docena de palabras para ponerse de acuerdo: antes de dar aviso a las autoridades, los operarios rebuscaron por si hallaban dinero o algo de valor. Era evidente que nadie echaría nada en falta y nunca se sabe lo que puede ocultar una anciana solitaria.

Fue solo entonces cuando, antes de comenzar con el registro, apagaron el televisor. Cien generaciones de moscas mudas descansaron al fin.

En el bolso de Doña Críspula encontraron un escapulario con una imagen de la Santa Faz, una bolsa de plástico con pienso para gatos, un monedero lleno de puntos regalo del supermercado, algo de calderilla, una receta de medicamentos, y una fotografía muy antigua y ajada, en blanco y negro. En ella se veía a una Críspula juvenil, con melena negra y un bonito vestido; junto a ella, un hombre de mandíbula cuadrada y chaqueta elegante aunque algo pequeña para sus hombros, con sombrero y dentadura de actor de Hollywood. Se veía que se habían acicalado para la fotografía: había algo rústico en la mirada del joven que no concordaba con tanta elegancia. Entremedio de los dos, una niña de cuatro o cinco años sostenía en sus bracitos una muñeca y sonreía.

El contenido del bolso fue arrojado al suelo: no había nada de valor. En el resto del apartamento solo hallaron objetos pobres de vieja pobre.

Nadie; ni los operarios de la constructora, ni los policías municipales, ni el juez, ni el forense, ni los empleados de la funeraria, repararon en aquella fotografía que acabó pisoteada por todos. Nadie se preguntó quién sería y dónde se encontraría aquella niña que sonreía al fotógrafo con una muñeca en los brazos.

La misma muñeca que, envejecida, yacía a pocos metros sobre una almohada, en un dormitorio de niña cerrado desde hacía décadas, y que quedaría sepultada por los escombros unos días más tarde, junto a todo lo demás, cuando la dinamita hiciese su trabajo en los extenuados pilares de la cimentación.

 

Este cuento fue ganador del XXVI Certamen de Cuentos Villa de Moraleja 2019.

Ver noticia

 

Anuncios